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Literatura

“Crónicas de Londres” del escritor peruano Gunter Silva

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INMIGRANTES SOMOS TODOS

Escribe Nicolás Cornejo

Uno. He leído “Crónicas de Londres” del escritor peruano Gunter Silva más de una vez. Si quisiera sostener una idea en el aire, una idea obvia que se mantenga por su ligereza y que además logre soportar el paso del tiempo; una sola idea concluyente y reflexiva que permita consensuar la lectura de este libro y de cualquier otro libro escrito al pulso de una lengua extranjera en un paisaje extraño; una única idea que atraviese todas sus páginas y las estire, de cabo a rabo, como el alambre del tendedero de ropa donde reposan las sábanas a la espera del viento; una pura idea que se trasmute en un concepto y que por fin pudiera resumir, subrayar y suscribir estas crónicas londinenses, esa sería la idea de un puñado de relatos armados por un escritor inmigrante. Pero lo resisto. Aquella idea me hace ruido y no termina por convencerme. Quizás porque la literatura de inmigrantes ya no existe como la conocimos antes: aquella fundada en siglos anteriores donde el viaje migratorio iba de la mano junto al desarraigo. Quizás porque todos nos convertimos en inmigrantes al momento de abrir un libro. Entonces prefiero leer a Gunter Silva simplemente como a un escritor latinoamericano que se planta en el mundo con la rabia de un latinoamericano, esa que aparece en el desconsuelo y en el destierro, pero que sabe que su “única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en las estanterías o dentro de su memoria”.

Dos. La última frase del párrafo anterior, esa que dice que “la única patria de un escritor es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en las estanterías o dentro de su memoria”, es una cita de Roberto Bolaño.

Tres. Pienso en Bolaño, Giaconni, en Osvaldo Lamborghini, Roque Dalton, J.L. Urbina, Pepe Cuevas, Wácquez, Reinaldo Arenas, Vallejo, Luis Loayza, Ribeyro, pienso en ellos y no sé por qué, pero de una u otra manera aparecen en la patria del escritor, por que un escritor se alimenta de lo que ha leído.

Cuatro. Crónicas de Londres es un libro construido con la prudencia necesaria que tiene un extranjero en otro país. Pero aquella prudencia, Gunter Silva la trabaja con el arrojo de una pluma sencilla y fresca que esconde lo suficiente como para sorprendernos en su desenlace. Es un híbrido que funciona con buen desempeño: crónicas ficcionadas que sitúan a la mayoría de sus protagonistas con un punto de vista reflexivo del lugar que habitan.

Cinco. Las breves descripciones, esa información que el lector necesita para saber donde transitan los personajes de los relatos permiten ubicarnos en un espacio físico que a veces se desvanece pero en cosa de segundos vuelve a aparecer; la gran ciudad de Londres se reduce a un par de estaciones, una galería, el nombre de una calle, la indiferencia de su gente, la mesa de un bar. De alguna manera, el autor nos hace creer que la ciudad está ausente cuando escapamos de sus detalles, cuando no la pronuncia, pero es ahí, en el silencio y la desesperación solitaria de sus personaje donde más brilla.

Seis. Es difícil hablar de un cuento sin arruinar la sorpresa que mantiene en un lector. Pero vamos por parte. Los primeros tres relatos nos entregan pistas sobre los inesperados rumbos que puede tomar el amor, algo que puede ser tan cursi termina por espantarnos en su soledad, entristecernos al contemplar el panorama desolador, aunque la voz del autor se preocupa de la ligereza de las cosas y propone sabrosos aciertos de ironía. El que abre el libro es La foto perfecta, un palo en la cabeza a las intenciones de querer bailar de a dos. La traición es traición en cualquier idioma, parece decirnos Gunter Silva. El que sigue a ese es Lottie, una chica entrañable que en poco tiempo evoca un ramillete de emociones que permiten ver la fugacidad de la felicidad en la vida de Nano. Y el otro, Vino tinto en Mcdonalds, es el precio que paga un ilegal para sacar papeles. No sé por qué, pero en mi opinión, los Mcdonalds me asemejan el infierno de los latinos en Europa.

Las páginas continúan con Poeta muerto y Homesick. El primero nos presenta a Joaquín, un estudiante peruano en una universidad británica, es decir, nos aleja de las pellejerías de la vida de un inmigrante que busca con dientes y garras sobrevivir para decirnos, esta vez, que la ambición es transversal a toda clase social. En el otro, Homesick, con escritura sutil y silenciosa, Gunter Silva nos entrega una potente alegoría en cómo un latino que trabaja en una empresa de aseo, limpiando ventanas, termina por ensuciarlo todo.

Otra pareja de relatos que nos muestra la ciudad en su contraste arquitectónico y la miseria del latino en busca de un pedazo de aire es I live by the river  y El artista. Este último es de largo aliento, se pasea en una anécdota con saltos cronológicos que atrapan al lector en su desenlace. La voz de sus protagonistas seduce y la empatía con ellos es inminente.

Siete. Gunter Silva ha intentado con éxito entrar en el oficio del cronista paseante, el inquieto que viaja, reflexiona y describe. Pero además ha ido más allá, ha construido esa visión de cronista en relatos verosímiles, empapados de una soledad que parece encontrar compañía con otros personajes solitarios, personajes que comparten intimidades a la espera de que se pase el día y que nunca se olvidan que no pertenecen al lugar donde viven, nunca olvidan que son inmigrantes.

Pero entendamos que en el mundo de la literatura, en el mundo de las palabras y las historias, todos somos inmigrantes. Usted que está del otro lado de este papel, usted que tomará este libro y lo abrirá para comenzar a leerlo no hará más que dar un salto en el tiempo, no hará más que trasladarse. Ojalá pueda usted viajar al inquietante mundo de Gunter Silva.

Nicolás Cornejo (Santiago de Chile) Licenciado en Letras por la Universidad Católica De Chile. Es poeta, crítico literario y editor de narrativa de Libros La Calabaza del Diablo.

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Cultura

Fahrenheit 051: Episodio 08. Charlie Becerra, María Fernanda Ampuero, Cecilia Podestá

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Policías y ladrones, la novela policial en el Perú. En el programa de ayer conversamos sobre la falta de novelas policiales peruanas a raíz de la aparición de “Bultos negros” del escritor y periodista Charlie Becerra.

En nuestra sección de cuentos conoceremos “Subasta”, una escalofriante historia de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero y una inmersión en la violencia contra las mujeres. También escucharemos el trabajo poético de la destacada poeta y editora peruana Cecilia Podestá.

Finalmente recomendaciones librescas de esta semana y lo nuevo de las publicaciones de Ediciones Copé de PetroPerú.

Fahrenheit 051 es conducido por el escritor Gabriel Rimachi Sialer y se transmite por Lima Gris TV.

Aquí el programa completo.

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Cultura

Viernes Literario: Un khipu que anuda cultura

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El khipu es una expresión de conocimiento que como muchos otros elementos de la cultura andina, fue destruido por el Virreinato e invisibilizado por la República. En el siglo XXI ha tomado un doble valor gracias a la etnohistoria e investigaciones como las del Dr. Oscar Núñez del Prado en la Nación Q’ero, como también en la inspiración simbólica de una casa educativa donde identidad y tecnología no se contradicen.

En mayo del año pasado, en el Cruz Velakuy del 02 de mayo, se iniciaron nuestras transmisiones culturales, académicas, informativas y artísticas como una segunda etapa en el contexto pandemia de las gestiones que desarrollé como promotor cultural de la Corporación Khipu desde el 2019. Iniciamos con una festividad importante para la cultura viva y nuestro primer ponente fue el Antrop. Raúl Pacheco, quien también dirige la revista Ideario Sur, por ello era indispensable su presencia en esta conferencia conmemorativa.

Nuestras actividades y proyecciones están enfocadas en nuestros docentes y estudiantes, la razón de ser de nuestra institución educativa, pero también en la colectividad cusqueña, el escenario de nuestros esfuerzos. Es para el Cusco que hemos tenido la oportunidad de realizar actividades por iniciativa propia como también de manera inter-institucional, con los principales entes culturales de nuestra ciudad. De la misma forma contamos con invitados que nos han legado la experiencia de su trabajo que Uds. pueden apreciar cuando gusten en el blog institucional del Instituto Khipu y a través de nuestros canales de Facebook y YouTube. Hemos generado una memoria que estamos seguros se incrementará con el valioso apoyo de la comunidad estudiantil, académica y cultural del Cusco y el Perú.

Realizamos seminarios online para nutrir la currícula que impartimos junto a ferias laborales de proyectos, exposiciones y presentaciones artísticas de nuestros docentes y estudiantes. Hemos realizado también, reconocimientos como el de este año a “mujeres de oro” de nuestro Cusco entre ellas la historiadora y cusqueñista Mariana Mould de Pease. En el terrible contexto de la pandemia y el distanciamiento social, despedimos e hicimos homenajes a nuestros maestros como el Dr. Jorge Flores Ochoa, Khipucamayoq de nuestra casa educativa, a figuras del Cusco como Víctor Abel del Castillo, el cineasta Federico García o el Dr. Vladimiro Valer.

En nuestra plataforma cultural, nos acompañaron investigadores importantes de la historia peruana como el Dr. Rodolfo Sanchez Garrafa, el Dr. Charles Walker, el Dr. Christopher Heaney, el Dr. José Bastante Abuadba, el Dr. Guido Pilares, la Dra. Ewa Kubiak, la Dra. Elena Amerio, la Mgt. Emma Patricia Victorio Canovas, entre tantos otros estudiosos. Desde el Cusco hemos convocado a invitados nacionales y extranjeros, pero también visibilizando a grandes profesionales de nuestro Cusco como el físico Ramiro Valdivia, el Dr. Donato Amado o el Ing. Julio Gutiérrez Samanez. Grandes damas de nuestra tierra nos acompañaron como Arely Aráoz, Blanca Liz Gutiérrez y Tania Castro solo por mencionar algunos nombres.

De la misma forma no dejamos que nuestra cultura viva pase desapercibida y recordamos el Corpus Christi, la peregrinación al Sr. de Qoyllurit’i, las Fiestas del Cusco o las fiestas patronales como la Virgen del Carmen o la reciente Semana Santa. Todas las fechas que recordamos o conmemoramos siempre se plantearon desde la investigación, el arte y la memoria como ejes importantes para la educación y también la formación de ciudadanos con identidad y derechos como deberes ciudadanos. Para nosotros la cultura no se vende, se valora y más aún en una ciudad como el Cusco donde las ciencias sociales y el arte tienen un vigor importante para la edificación de la nacionalidad peruana más aún en el Bicentenario. Por ello impulsamos los Rimanakuy por la Independencia organizados en coordinación con la Universidad Libre Yachay y el Foro de Patrimonialistas. Somos parte también del Patronato Cultural del Cusco que viene organizando la Bienal de Arte “Independencia”. Nuestra base de datos ha registrado 120 actividades culturales y estamos seguros de que este número se multiplicará para seguir acrecentando la cultura, memoria y sensibilidad de nuestro pueblo.

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Cultura

Fahrenheit 051: Episodio 07. Distopía y Poesía

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George Orwell escribió, entre 1947 y 1948, una de las distopías de política ficción más famosas y terribles de la literatura: “1984”. Una historia donde el gobierno controla absolutamente todo (incluyendo el amor y el sexo y la libertad incluso de pensar), y donde Winston Smith tendrá que vivir la experiencia de “desafiar” al sistema que controla el mundo en esa parte de Oceanía.


De Oceanía nos vamos a Ecuador, donde vive y escribe la talentosa narradora y poeta Lucrecia Maldonado, autora de novelas, ensayos, poemas y una de las más prolíficas escritoras de literatura infantil y juvenil de Ecuador. Ella escribió un hermoso cuento titulado “El señor Jesús”, que compartiremos. Viajamos de regreso al Perú y nos internamos en la selva donde el poeta Raúl “Chino” Mendizábal lee uno de sus últimos textos.

Mendizábal es uno de los poetas cuya obra ha sido publicada y recogida en libros, revistas, antologías y colecciones de varias partes del mundo; estudió literatura en la PUCP pero abandonó la carrera para dedicarse a la escritura y la carpintería. Su voz así ha recorrido mundo. Hoy la escucharemos. Esperamos que disfruten el programa.

Aquí el programa completo:

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Cultura

Fahrenheit 051: Rodolfo Ybarra, Cortázar y Benedetti

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En esta edición de “Fahrenheit 051” conversamos sobre “Revolución caliente”, la gran novela de Rodolfo Ybarra que recorre la historia del Perú a través de las vivencias de unos jóvenes anarquistas. Obra de largo aliento que es necesaria leer.

De la novela al cuento más increíble de Cortázar, “La noche boca arriba”, un juego de espejos donde el sueño y la pesadilla se funden para desarmar al lector. La poesía llega en la voz del uruguayo Mario Benedetti, que nos emociona al darle voz a un padre que le cuenta a su pequeño hijo porqué es necesario luchar para ser libres.

Que disfruten el programa.

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Cultura

Fahrenheit 051: Episodio 5. Dos pasiones, Fútbol y Poesía

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Eduardo Galeano tenía 9 años cuando siguió por la radio la transmisión de aquel Brasil-Uruguay de al final del mundial de 1950. A partir de ahí su pasión por el fútbol se convirtió en una obsesión analítica que lo llevó a escribir cientos de artículos y crónicas a lo largo de su vida, y que reunió en un libro titulado “Cerrado por fútbol”.

Del Uruguay nos vamos a la Argentina de Samanta Schwebling, una de las narradoras más importantes de su generación y que ha cosechado premios y buenos comentarios de la crítica, comentamos su cuento “Matar un perro”. La poesía llega en la voz del laureado poeta Miguel Ildefonso, Premio Nacional de Literatura de Perú.


Un recorrido por el sur de América que amplía el panorama que tenemos de nuestra literatura. Que lo disfruten.

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Cultura

Comprar libros en tiempos de coronavirus, por Julio Barco

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Sí, las épocas, como sugiere de Adorno, no dan para la poesía, sin embargo, algunos seguimos nutriendo la mente con bellas lecturas, libros encuadernados y viejas ediciones difíciles de encontrar. Para los lectores desprevenidos, se siguen bebiendo libros en algunos puestos de nuestra destartalada ciudad.

Ir es situarse en el contexto inmediato: lleva alcohol en chisguete, tapabocas doble y sencillo para el pasaje. Los buses van lentos y melancólicos, todos se arremolinan en la danza furibunda que es el tráfico de las periferias de Lima alrededor del mediodía. Bien, el silencio fúnebre llena las callejuelas de la avenida Rivagüero —garganta vasta de El Agustino—, tan solo matizadas por alguna muchacha en bluyín que espera silenciosamente el bus, o algún niño que le dice a su mamá “¿hay vida en Marte?” y ella sigue incólume observando su teléfono celular.

La cosa es no contagiarse de este bicho que ronda, elegantemente, con sus tenazas hirsutas, los tristes pulmones de nuestros vecinos. Se sabe de su ambición por multiplicarse de modo incesante, por ende, se exige cuidado.

La realidad hierve de matices. Y es obvio: los sábados se da citan todos los encuentros. Sonrisa de los jóvenes trapecistas que se trepan a un tractor para molestar a los dos conductores colgados. Luego seguirán danzando con acrobacia en cada semáforo rojo. El chofer es un viejo, cruzado de arrugas, pero bien plantando en su lucidez. Doma el bus como si fuera un potro.

Los que van a comprar libros en estas fechas deben saber que existe el puesto de Ángel Yzquierdo Duclós. Lugar hogareño, clavado al borde de Gamarra, justo en la estación 28 de Julio, —yo ahí bajo, observo para ambos lados y camino sereno— donde se da espacio en un local pegado a vendedores de zapatos, de ropa usada, de goma y alcoholes para zapateros; en curiosa simetría con el caos, los libros de Ángel son un bosque selecto. Llega otro amigo de Ángel, que se identifica por su hábito de curiosidad. Charlamos de la virtud.

-¿Tú crees que la izquierda es radical? Radicales son esos de la derecha que matan a los pobladores, les pagan poco. Mira, ¿sabes cuánto gana un policía? Cinco mil soles. ¿Y un profe? De mil quinientos a dos mil soles.

-Todo esto ya está comprando –advierte Ángel–, pero yo no voy a seguir citando el Manifiesto del Partido, mejor hablemos de otros temas.

Se observa ya la calle ahíta de pasos. Una flaca con su amiga pasan como una estela en la mar. Observo las ediciones de Valdelomar enfundadas en plásticos cuidadosamente doblados, a la manera duclosiana. Leo el título: “La ciudad de los tísicos” Su amigo sentencia:

-A ese Castillo le tienen miedo. La gente de la derecha de siempre. Esa misma gente que defiende las injusticias de la realidad.

Ángel apura su cerveza negra. Los ojos titilan. La señora, la “gringa”, que vende ropa usada nos llama la atención: guarden su chela, esto no es cantina. Hay ofertas de camisas a cinco soles, de pantalones de tela pulentas a cuatro soles, de chompas manga larga cuello de tortuga a diez soles. Regresa a su puesto y el vendedor de chucherías para remendar zapatos le lanza una risotada a Ángel. Su amigo sentencia:

-Aquí te tienen controlado Ángel. Mira a este viejo– me dice su amigo risueño–, ahí donde lo ves, hace algunos años era todo un galán. Estaba de novio con una chica bien bonita.

Ángel eleva el vaso de la chela. Da una reverencia solemne a la tarde grisácea, color llanto de agua empozada con gráciles mosquitos yertos, y vuelve a observar silenciosamente la calle. No solo es un selecto librero, sino también un poeta de factura memorable y un escritor intempestivo de valses. Pero, especialmente, es el autor de aquellos famosos versos: “soy un ave volando en el Campo de Agramante”, que lo conectan tanto con Baudelaire como con su sello único.

-Y esa flaca de Ángel era bien bacán. Bien humilde. Ángel la llevaba a comprar a Gamarra pero ella quería aquí, ¿no Ángel? Pucha, bien humilde. No sé por qué la perdió. Yo que él, si me dejaba, le hubiera dicho que me suicidaba para que no se vaya. Pero este tío… ahí donde lo ves, ya lleva…

-Treinta y seis años –sentencia Ángel, secando el vaso– y este primero de abril recién los cumplí, pero aquí en este puesto llevo quince años; antes todo era en la calle, vereda y otros puestos.

-¿Tú qué edad tienes? –pregunta el amigo.

Le digo mi edad.

-Mira que Ángel lleva más años vendiendo aquí que tu edad. Qué increíble, ¿no campeón?

Termino la botella y Ángel, solícito, me saca la bolsa con libros. Nos despedimos sin omitir el deseo de un siguiente y fecundo encuentro. Adentro van algunos tomos sobre la historia del Perú, la guerra del Pacífico, selección de artículos de Federico More, unos cuentos de Antonio Gálvez Ronceros, una novela de Daudet, un libro sobre un coloquio de escritores en Cusco (con Hinostroza y Ribeyro entre los invitados), un estudio de los nudos de Eielson… entre otros temas. Achispado por la cerveza negra, salgo a la vereda de Aviación. Camino entre jóvenes venezolanos, entre vendedoras de ropa, entre señoras que sentadas en una silla blanca de plástico te invitan a entrar a un prostíbulo, entre taxistas y gente apurada que no pide permiso, entre los primeros vendedores de mazamorra de la tarde, con su bandeja de madera con la mazamorra morada dentro de vasijas redondas que límpidamente guardan la masa morada con la canela embalsamada encima… ubico un taxi y cuadro el precio. Subo y lo primero que hago es abrir —ansiosa, feliz y rápidamente— la bolsa. Y ojeo el primer libro, y me detengo a escuchar la emisora que discurre: conferencias de Castillo en Trujillo, canciones de José José. Qué triste fue decirnos adiós. Sin embargo, mi atención se pega como molusco a las páginas que tengo entre mis manos. Y leo algunas líneas de Coloquio de Literatura y Sociedad. Ribeyro responde:

-¿Ocupación?
–No tengo
–Profesión.
–No tengo ninguna profesión
–Qué hace entonces?
–Escribo de cuando en cuando.
-¿De qué vive?
–De mis ahorros y de mis derechos de autor.

Cierro el libro, saco un billete, pago y me limpio las manos con alcohol. Finalmente, bajo a la altura del hospital Bravo Chico y camino directo al paradero de las mototaxis.

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Cultura

“Es que somos muy pobres”, por Juan Rulfo

Un cuento del escritor mexicano Juan Rulfo, donde expresa la percepción de su vida, y refleja su tristeza por el sufrimiento de los pobres ante las injusticias sociales.

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Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo como el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen La Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.


Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que la ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando los llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde, pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: «Que Dios las ampare a las dos».

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

«Sí,» dice, «llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.»

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

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Cultura

Celebración del libro, por Julio Barco

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Hoy fue el día mundial del libro en muchas partes del mundo no puedo sino recordar mis primeros pasos con los libros. Es cierto que nuestro destino y el de los libros que leemos son una suerte de mismo sendero que cada lector asume en el caótico y vertiginoso mundo de la lectura. Leer es atravesar un universo invisible, conocer puertas, tocar ideas, besar escenarios nunca visto, vivir mil vidas.

Sí, también es una buena forma de recordar lo cambiante y variable que resulta la realidad, la realidad personal que cada libro guarda como una esencia única, como un intento irrevocable de vencer a la muerte y convocar un trozo de eternidad. La realidad de los libros nos obliga a ver de otra forma nuestra realidad.

Expande, atrapa, derrama sentido. Los libros que leemos, los del pasado, los que llegan a nosotros después de un abismo de siglos, nos descubren que todos somos puentes, que los vínculos entre los humanos son ficticios y que el tiempo en contra no puede socavar ese deseo de comunicarse entre uno y otro ser, entre una y otra mente, entre uno y otro corazón.

 Así, es pues el libro un puente, un sendero, un portal. Y en mis primeros años de lectura me descubro primero embrujado por ese raro y ancestral hechizo del lenguaje. Son ciertamente magos los escritores, los autores que trafican sueños con los signos, que elevan la conciencia interna gracias a una febril alquimia donde somos parte de un viejo hechizo, una danza frente al fuego, una quimérica batalla contra la memoria, un duelo entre lo visible e invisible, un panorámico vistazo a lo insondable de la realidad. El acto más simple de oír y ver se convierte en emolumentos de un sueño. Obviamente que no cualquier adquiere esa maestría. Solo algunos logra tarjar una voz, una filosofía estética, una propuesta de universo propio.

La lectura es magia, y los libros aquellos caballos de Troya que ingresan a nuestra mente y provocan el incendio. El incendio no solo es destrucción sino purificante, creativo, una forma de sentir el arte, que, como flama entre las hojas chamuscadas, como larga lengua ambarina extiende su reino en nosotros. La voz de los otros en nosotros es un fuego que ilumina y enriquece nuestro propio diálogo personal. Y nos permite acceder, al menos por un instante, a ese gran escenario múltiple que es la realidad.

En ese sentido, es necesario afirmar que en tiempos donde predomina la imagen, los libros guardan la esencia: la energía de la imagen, el ritmo interno de cada imagen. Esencia e imagen no son cuerpos antípodas, al contrario, como sugieren algunos griegos, y después asume el pensamiento de la lingüística moderna, son simultáneos, aunque cada uno labre su propio criterio.

La pintura enclaustra lo eterno, la música lo expande, el lenguaje acaso tiene la propiedad de generar sentido. En cuanto a las imágenes que surgen de los libros, desde joven me sentí que su poder era otro. Por eso, aunque se considere que una imagen vale más que mil palabras yo creo que, sin duda, hay palabras que valen más que mil imágenes. Pienso en la palabra Dios, Paz, Amor, Libertad, Mente, que son tan infinitas en su definición y entendimiento mismo.

Lo que genera una idea más profunda de fenómeno mismo de  la palabra. Porque en su indagación captamos que nos movemos en un abismo. El lenguaje mismo es el tema del pensamiento moderno, dado que es el elemento donde nos manifestamos, solos, expresamos, entendemos.

Lo cierto es que las imágenes nos dominan hoy más que antes. La imagen misma es otro tipo de lectura: otro tipo de arte que observar y que trasmite su propia esencia, sin embargo, considero que las imágenes de los signos guardan algunas sutilezas. Y esencias. Esencias que solo en su código pueden ser trasmitidas. Pienso en las películas y los libros, o en las películas basadas en libros que, aunque presenten imágenes indomables, no dan la misma sensación de profundidad que la obra en cuestión. Eso permite ver que el idioma de la palabra sea fecundo en sentidos, en entendimientos, en una mecánica de matices que otras artes no manifiestan.

En general, la lucha política o religiosa es por el dominio de la Palabra. La palabra como ideología, o estética es afín al deseo mismo del poder. En la lucha actual por la atención es muy difícil que la letra gane, sin embargo, su papel es otro. La imagen es más súbita: no exige rigor, o estudio, tan solo observar. Observar es un acto gratuito, donde no tenemos que poner de nuestra parte el trabajo de la oscilante concentración, el esfuerzo interpretativo o la densidad detrás de cada lenguaje. Se da en simultaneidad con el propio discurso de lo inmediato. Por eso, las imágenes dominan. Es difícil que, en medio del tráfico de estímulo de la vida actual, se pierda uno en las páginas de un libro de 800 o 900 páginas.

¿Cómo leer tanto si estamos atrapados por los teléfonos celulares, por los vídeos de youtube, por los memes, por los documentales sobre extraterrestres o sobre la posibilidad de que la Tierra sea plana? Es vil también pensar que la imagen es un ente menor. No, en absoluto. Sin embargo, es el más usado por la industria, por los medios y el que más rápido envuelve las mentes. Pero su dominio ahora forzosamente nos obliga a vivir un mundo menos crítico, pensante, menos comunicativo. Lo que tampoco quiere decir que la lectura tenga que ser necesariamente un asunto engorroso. Al contrario, es placentero, pero el placer que se obtiene del entendimiento exige mucho de nosotros. Para coger la fruta más alta del árbol, primero debemos ejercitarnos.  Pienso que en cada época de la humanidad hay una diversa tarea tanto para los escritores, como para la propia literatura.

La época impone una tarea como también cada autor se impone una propia. Nuestra época tiene la tarea de resistir la pasión que nos brinda la literatura, la poesía, los textos filosóficos, en general, las humanidades. Nuestra época tiene la tarea de hacer que los libros y las lecturas formen parte diaria de nuestra comunidad, sean pues pan y vino cotidiano, sean parte del día a día y no solo estatuas empolvadas en vetustos museos. Nuestra época tiene la dicha de ser consientes de su trabajo y su trabajo es también mantener abierta la voluntad, enriquecer los sueños, renovar la vida. Son estos aspectos, cada día menos visible en el movimiento del trabajo que impone la sociedad actual.

Sin embargo, mientras los espacios de la realidad se cierran para no abrir más puertas a estas artes, los espacios de la mente y de los lectores jamás se cierran. Se siguen escribiendo tantos libros como en cualquier época. Incluso, las tecnologías actuales hacen más productivo y asequible el libro para muchos espacios. Pero no basta solo con este apoyo incondicional del público lector que sabe del valor de los libros, sino de apoyos más altos que vengan de la propia conciencia de un Estado positivo con la cultura.

Llegado a este punto pienso que hay una diferencia vital entre escribir y leer un libro.  Leer un libro es un acto elegante, vital, educado; escribirlo es un acto maniaco, violento, animal. La escritura es una empresa difícil y muy poca valorada. Curiosamente, en sociedades donde ya se reconocer el papel importante y nuclear de leer, la literatura empieza a cobrar más importancia. Sin embargo, en otras localidades los escritores las siguen pasando de tripas corazón. Especialmente, para los que no son parte de aquella oficialidad que ayuda con becas y otros soportes a ciertos escritores. Los que escriben saben que lo hacen dentro de un azar donde se tienta el fracaso.

El éxito, en todo caso, es tan trágico como el fracaso. Supongo que para un escritor el éxito es otro, más sutil, el de poder pues seguir escribiendo, seguir tecleando, seguir obnubilado en su trabajo de usar el lenguaje y elevarlo de su plebe función. En todo caso, los que ganan siempre son los lectores; a sus manos llegan trabajos que fueron hechos con sacrificios, trabajos de héroes que dieron su tiempo para lograr pulir y conquistar el vacío de la página. Los escritores son aquellos inmolados por el deseo de construir buena literatura. Los lectores son muy afortunados.

Pero, no podemos olvidar que para escribir y hacer libros hace falta pagar el recibo de luz, agua, los vinos o cafés, y las otras obligaciones que nos cobra la vida. Sin eso, es imposible crear algo, porque de lo contrario nos encontraríamos simplemente atados al trabajo, como muchísimos seres humanos actualmente.

Yo sé que actualmente, en países como el mío, muchos autores de genio y talento no pueden dedicarse exclusivamente a escribir por no contar con la capacidad de sostenerse. Y quizás esto defina a los autores: saber que no son apoyados ni hay interés estatal por su arte pero seguir claros y obstinados, terriblemente obstinados en su trabajo de crear arte. Yo no pido que el Estado, como buen padre, de dinero y salve a los autores, pero sí considero que sería muy hermoso que se abra en agenda la posibilidad de crear espacios que sostengan y ayuden a tantos escritores, no con dinero, sino con posibilidades de editar sus libros, moverlos en circuitos e industrializar internamente (y obviamente, enriquecer) el mercado nacional interno de lectores.  ¿Por qué? Porque si no hay mercado, no se puede meter en un circuito  ningún libro. Lo que falta es empezar desde las bases: educando al mercado y dándole nuevas posibilidades de autores. Invertir en cultura es hacer más respirable la atmósfera misma de un presente, permitir la expresión y crítica, la libertad y la discrepancia educan el sentir y el pensar.

Sin embargo, este pensamiento es muy lejano para la mente primita y fenicia que ronda las burocracias estatales, donde domina más el juicio que ve en la cultura y el libro un fin que no genera lucros. ¿Cuánto ganaría el país si le diera la mano a sus artistas? No solo dinero, que siempre se puede ganar, sino prestigio, sino cultura, sino identidad. Eso falta.

Por suerte, los libros y la escritura sobreviven a todo. Roma cayó, los griegos desaparecieron, se terminaron las monarquías, muchos imperios fueron exterminados pero seguimos leyendo.

Entonces, escribir es asumir que existe un mundo donde se desencadena la escritura, donde hay exigencias y necesidades, pero tener la certeza de permanecer en tu deseo de hacer arte, de crear libros. La lectura entonces es un obsequio. Un hermoso regalo que llega a nosotros desde todas partes y nos recuerdan que la realidad misma es una gran biblioteca, un gran rompecabezas de muchas aristas que nos abre la mente, las ideas, nuestro entendimiento, nuestra capacidad creativa, nuestro mundo interno.

Pienso que en un mundo cada día más egoísta, los libros tienen una función de crear vínculos, de desvanecer por un instante los muros que nos separan entre nosotros y provocar el diálogo, provocar esa magia que es reconocernos en el otro. Pienso que en un mundo más ansioso por tener poder, los libros nos hacen ver que todo poder es relativo, que donde se alza una frágil flor nació un vigoroso imperio y que toda sustancia es variable, errante, quimérica, hermosamente fluyente.

Los libros nos recuerdan que los años espejismos y lo esencial de humano no muere nunca. Y en ese fuego, es posible la libertad, la creatividad, la crítica. Gracias a esta magia podemos todavía salirnos de nuestros límites y volar.

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