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Literatura

“Crónicas de Londres” del escritor peruano Gunter Silva

Redacción Lima Gris

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INMIGRANTES SOMOS TODOS

Escribe Nicolás Cornejo

Uno. He leído “Crónicas de Londres” del escritor peruano Gunter Silva más de una vez. Si quisiera sostener una idea en el aire, una idea obvia que se mantenga por su ligereza y que además logre soportar el paso del tiempo; una sola idea concluyente y reflexiva que permita consensuar la lectura de este libro y de cualquier otro libro escrito al pulso de una lengua extranjera en un paisaje extraño; una única idea que atraviese todas sus páginas y las estire, de cabo a rabo, como el alambre del tendedero de ropa donde reposan las sábanas a la espera del viento; una pura idea que se trasmute en un concepto y que por fin pudiera resumir, subrayar y suscribir estas crónicas londinenses, esa sería la idea de un puñado de relatos armados por un escritor inmigrante. Pero lo resisto. Aquella idea me hace ruido y no termina por convencerme. Quizás porque la literatura de inmigrantes ya no existe como la conocimos antes: aquella fundada en siglos anteriores donde el viaje migratorio iba de la mano junto al desarraigo. Quizás porque todos nos convertimos en inmigrantes al momento de abrir un libro. Entonces prefiero leer a Gunter Silva simplemente como a un escritor latinoamericano que se planta en el mundo con la rabia de un latinoamericano, esa que aparece en el desconsuelo y en el destierro, pero que sabe que su “única patria es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en las estanterías o dentro de su memoria”.

Dos. La última frase del párrafo anterior, esa que dice que “la única patria de un escritor es su biblioteca, una biblioteca que puede estar en las estanterías o dentro de su memoria”, es una cita de Roberto Bolaño.

Tres. Pienso en Bolaño, Giaconni, en Osvaldo Lamborghini, Roque Dalton, J.L. Urbina, Pepe Cuevas, Wácquez, Reinaldo Arenas, Vallejo, Luis Loayza, Ribeyro, pienso en ellos y no sé por qué, pero de una u otra manera aparecen en la patria del escritor, por que un escritor se alimenta de lo que ha leído.

Cuatro. Crónicas de Londres es un libro construido con la prudencia necesaria que tiene un extranjero en otro país. Pero aquella prudencia, Gunter Silva la trabaja con el arrojo de una pluma sencilla y fresca que esconde lo suficiente como para sorprendernos en su desenlace. Es un híbrido que funciona con buen desempeño: crónicas ficcionadas que sitúan a la mayoría de sus protagonistas con un punto de vista reflexivo del lugar que habitan.

Cinco. Las breves descripciones, esa información que el lector necesita para saber donde transitan los personajes de los relatos permiten ubicarnos en un espacio físico que a veces se desvanece pero en cosa de segundos vuelve a aparecer; la gran ciudad de Londres se reduce a un par de estaciones, una galería, el nombre de una calle, la indiferencia de su gente, la mesa de un bar. De alguna manera, el autor nos hace creer que la ciudad está ausente cuando escapamos de sus detalles, cuando no la pronuncia, pero es ahí, en el silencio y la desesperación solitaria de sus personaje donde más brilla.

Seis. Es difícil hablar de un cuento sin arruinar la sorpresa que mantiene en un lector. Pero vamos por parte. Los primeros tres relatos nos entregan pistas sobre los inesperados rumbos que puede tomar el amor, algo que puede ser tan cursi termina por espantarnos en su soledad, entristecernos al contemplar el panorama desolador, aunque la voz del autor se preocupa de la ligereza de las cosas y propone sabrosos aciertos de ironía. El que abre el libro es La foto perfecta, un palo en la cabeza a las intenciones de querer bailar de a dos. La traición es traición en cualquier idioma, parece decirnos Gunter Silva. El que sigue a ese es Lottie, una chica entrañable que en poco tiempo evoca un ramillete de emociones que permiten ver la fugacidad de la felicidad en la vida de Nano. Y el otro, Vino tinto en Mcdonalds, es el precio que paga un ilegal para sacar papeles. No sé por qué, pero en mi opinión, los Mcdonalds me asemejan el infierno de los latinos en Europa.

Las páginas continúan con Poeta muerto y Homesick. El primero nos presenta a Joaquín, un estudiante peruano en una universidad británica, es decir, nos aleja de las pellejerías de la vida de un inmigrante que busca con dientes y garras sobrevivir para decirnos, esta vez, que la ambición es transversal a toda clase social. En el otro, Homesick, con escritura sutil y silenciosa, Gunter Silva nos entrega una potente alegoría en cómo un latino que trabaja en una empresa de aseo, limpiando ventanas, termina por ensuciarlo todo.

Otra pareja de relatos que nos muestra la ciudad en su contraste arquitectónico y la miseria del latino en busca de un pedazo de aire es I live by the river  y El artista. Este último es de largo aliento, se pasea en una anécdota con saltos cronológicos que atrapan al lector en su desenlace. La voz de sus protagonistas seduce y la empatía con ellos es inminente.

Siete. Gunter Silva ha intentado con éxito entrar en el oficio del cronista paseante, el inquieto que viaja, reflexiona y describe. Pero además ha ido más allá, ha construido esa visión de cronista en relatos verosímiles, empapados de una soledad que parece encontrar compañía con otros personajes solitarios, personajes que comparten intimidades a la espera de que se pase el día y que nunca se olvidan que no pertenecen al lugar donde viven, nunca olvidan que son inmigrantes.

Pero entendamos que en el mundo de la literatura, en el mundo de las palabras y las historias, todos somos inmigrantes. Usted que está del otro lado de este papel, usted que tomará este libro y lo abrirá para comenzar a leerlo no hará más que dar un salto en el tiempo, no hará más que trasladarse. Ojalá pueda usted viajar al inquietante mundo de Gunter Silva.

Nicolás Cornejo (Santiago de Chile) Licenciado en Letras por la Universidad Católica De Chile. Es poeta, crítico literario y editor de narrativa de Libros La Calabaza del Diablo.

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Cultura

Viernes Literario: Los héroes anónimos de la guerra del Pacífico

Pavel Ugarte

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Son diferentes los motivos que se atribuyen al enfrentamiento, desde la alianza poco estratégica con Bolivia hasta el desmedido interés por el salitre donde los bancos británicos serían los finales vencedores. De este lado de la frontera, tenemos héroes caídos como el “caballero de los mares” y tantos fieles soldados y oficiales de batallas perdidas desde Arica y Tacna hasta los Andes centrales, donde los chilenos encontraron a un enemigo nunca antes enfrentado: Los ayllus andinos, los sobrevivientes del Tahuantinsuyo.  

El 9 de julio se recuerda el día de las Batallas de Pucará, Marcavalle y Concepción, que hacia 1882 sucediera durante la ocupación chilena. Al mando del Mariscal Andrés Avelino Cáceres, “los indios” de nuestra sierra central emprendieron una tenaz lucha, primero evitando los grandes escenarios y actuando entre sombras aprovechando su conocimiento de la ruda geografía. Finalmente, al desgastar al estragado ejército chileno, obtuvieron  trascendentales victorias militares que permitieron recuperar el suelo peruano como también forzar el repliegue del enemigo invasor en el valle del Mantaro.

El 10 de julio, a su vez es el aniversario de la Batalla de Huamachuco ocurrida en 1883. El dominio del quechua del Mariscal Cáceres, vuelve a ganar adeptos entre las comunidades andinas. Bajo su mando, un ejército reunido sobre una campaña desastrosa, se vio obligado a retirarse siendo uno de los últimos grandes encuentros bélicos en la Guerra del Pacífico. El sacrificio de miles de vidas a las que no perdonó el ejército chileno por considerarlos “montoneros” sigue siendo recordado no solo por el ejército sino también por la memoria nacional. Lo que no se recuerda, es lo siguiente: “Tres años y doscientas leguas de lucha incesante ha recorrido el mariscal Andrés Avelino Cáceres, con sus guerrilleros indios, contra los invasores chilenos en las sierras del Perú. Los indios de las comunidades llaman “Taita” a su mariscal, hombre de marciales patillas; y muchos han muerto, por seguirlo, lanzando vivas a una patria que los desprecia. También en Lima los indios fueron carne de cañón y el cronista social Ricardo Palma echó la culpa de la derrota a esa “raza abyecta y degradada”.

En cambio, el mariscal Cáceres afirmaba hasta hace poco que el Perú había sido vencido por sus propios mercaderes y burócratas. Hasta hace poco, también rechazaba el tratado de Paz que amputa un buen pedazo del Perú. Ahora, Cáceres ha cambiado de idea. Quiere ser presidente. Tiene que hacer méritos. Es preciso desmovilizar a los indios armados, que han peleado contra los chilenos pero también han invadido haciendas y están amenazando el sacro orden latifundista. El mariscal convoca a Tomás Laimes, jefe de la guerrilla de Colca. Llega Laimes a Huancayo con mil quinientos indios. Viene a decir: “Ordene mi Tayta”. Pero no bien llega Laimes, le desarman la tropa. Apenas atraviesa el umbral del cuartel, cae de un culatazo. Y después lo fusilan, vendado y sentado.”

Este es un texto de Eduardo Galeano en “La Memoria del fuego (II) / Las caras y las máscaras”, bajo el nombre de “La patria paga” consignando 1884 como la fecha de este terrible acontecimiento que se corrobora y sustenta en el libro de Nelson Manrique, “Las guerrillas indígenas en la guerra con Chile” (Lima C.I.C., 1981). Muchas veces la historia oficial o aquella que permanece en el ideario colectivo no es la verdadera, también existen héroes anónimos a quienes debemos devolverles el aliento, por justicia.

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Cultura

Profesor de literatura

Hans Herrera Núñez

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hans herrera

Durante años mi peor pesadilla era que volvía al colegio. El  uniforme, la insignia, la formación: firmes, descanso, atención ¡Distancia! El himno de los lunes al entrar mientras no terminas de quitarte las legañas; las odiosas matemáticas, lenguaje, religión, educación cívica, saludos a la bandera; la clase de arte, dibujo libre y todos  terminamos pintando el mismo paisaje inútil. Quién diría que las pesadillas se hacen realidad… y tan temprano.

5:30 am despertar para tomar el bus en un viaje interprovincial desde mi casa en Surco hasta el colegio en Independencia (¿Dónde queda Independencia?). Mi título: profesor suplente de Lengua y Literatura, de 8:00 am  a 2:30 pm los martes y jueves. Yo y mi modesto manual frente a 5 aulas, 150 alumnos, 150 caras que se caen de sueño, indiferencia y aburrimiento y solo 50 minutos por aula para meter todos el existencialismo francés y adjetivos calificativos posibles en las adolescentes cabezas llenas de Rick and Morty y Maluma, que a su vez regurgitaran en las estériles prácticas calificadas que yo mismo calificare en una remembranza de la masacre de Rescatando al soldado Ryan. Nunca vi tantos caídos en una sola tarde. Nunca un lapicero rojo en mi mano significo tanto poder.

El paisaje del aula antes que llegue el primer alumno es un horizonte de carpetas gastadas. Al fondo la ventana y una panoramica de claustrofobia; un muro de cerros se levanta y mata todo horizonte y en la cuspide pintada una amenaza: «Cristo viene ya!»

Si les hablo de la generación del 98 se duermen todos, si les cuento de Vallejo cosecho bostezos y si les recito Pizarnik doy ideas a las que se cortan las venas. No es broma, llevo alumnas que me muestran sus cortes con descaro. Veinte cortes en un brazo de la chica más graciosa del aula. Por supuesto esta rejalada en 4 cursos y repetirá el año. Otra se cree bisexual y me pide la ayude a redactar su carta de confesión a su madre. Trato de disuadirla explicándole que es joven, que a los 15 esta lejos de saber quién es. Que eso es un descubrimiento que toma tiempo y que no se ande apresurando con suicidios familiares por algo que cree sentir. Y la alumna me reclama por no seguir el estereotipo de profe de literatura liberal.

Pero si algo enseña la literatura es eso, el reflejo crudo de la realidad, que aquí solo hay gallinazos sin plumas que no saben responder ¿en qué momento se jodió el Perú? Mientras Cara de ángel va seguir mirándose en el reflejo del escaparate la ropa que no se puede comprar. Los problemas aparecen tan rápido como los granos y no basta con reventarlos. Aprobar tampoco basta y jalarlos menos.

En clase a nadie le importa las características del Romanticismo pero si prestan oídos cuando les hablo de las chicas con las que he salido. Para el chisme todos tienen oídos. Porque así entendí cómo atrapar su atención: abriéndome y contándoles de mi. Porque la clase no es Vargas Llosa. La clase soy yo. Y nadie cuenta mal su propia historia. Y la vida de uno mucho tiene que ver con la literatura. Y si les miento no hay modo que lo sepan. De eso se tratan las historias.

A segundo año le conté mi salida con Viviana, la llamé las dos horas más largas de mi vida, a quinto les relaté mi primera pálida, a tercero mis salidas con Pilar corazón de piedra y así por el estilo, y mientras les iba colando de contrabando lo barroco, neoclasicismo, realismo y naturalismo a granel y lo que no entraba, se los soplaba en el examen.

No sé qué y cuánto aprendieron de mí. Los exámenes no dicen nada. Pero una historia contada con pasión difícilmente se olvida cuando se siente, y mis mentiras siempre vivieron su verdad: «Fue la última vez que vi a mi tío Julio Ramón que ya viejo y canceroso se compró una tabla de surfear cuando él a sus 60 años no sabía ni nadar. Tenía 9 años y odiaba su olor a cigarros…»

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Cultura

El urbanismo poético versus la sensibilidad oriental en la obra de Cronwell Jara Jiménez

Julio Barco

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Quién no recuerda a Cronwell Jara con su eterno chaleco verde beige, sus lentes de enormes espejuelos y su boina crema leyendo sus anotaciones sobre el cuento en el último piso de una vieja casona, en la misma avenida Nicolás de Piérola. El escritor, sabio y perspicaz, entre estatuas y cuadros antiguos, esperaba que lleguen sus alumnos al taller de escritura creativa de la Universidad Villarreal. 

Yo estaba de curioso, justo acompañando a una amiga que deseaba matricularse a unos. Cronwell le dijo a mi amiga que los talleres empezaban la siguiente semana. Luego, por esos días, visitando a Jorge Roncal, el autor de Discurso de las intenciones puras me obsequió un ejemplar del primer poemario de Jara: Manifiesto del ocioso. 

Poemario de lenguaje fresco y visceral, que  leí con interés y anotando algunos versos donde, desde una mirada corrosiva, se cuestiona líricamente a los filósofos en pos de una conducta no tan razonablemente laboral; poesía que se jugaba su franqueza con versos holgados y sentidos, con una mirada pícara e insolente; luego, recuerdo, encontré las palabras de Cronwell en la solapa del libro Matacabros de Sergio Galarza, donde expresaba el carácter sociológicos del narrador peruano. 

De Galarza ya me había leído varios de sus libros: La soledad en los aviones, Todas las mujeres son galgos…y la novela Paseador de perros, la primera de Sergio en ESPAÑA; volviendo a Jara,  para el número 5 de la revista TAJO , le rendimos un homenaje con una entrevista larga escrita por Miguel Urbizagástegui. De esta entrevista, rescato este fragmento:

«La poesía es un deslumbramiento que te viene desde lo hondo de ti y que te hace observar el mundo con mucha intensidad, con mucho misterio. Tú con los ojos de la poesía descubres que la vida es intensa, es ferozmente, terriblemente hermosa» (revista Tajo, página 14, 2012)

Finalmente, recuerdo el homenaje que recibió la obra de Cronwell Jara en el 2019 al ganar el Premio Casa de la Literatura.  Ahora, recién en estos gélidos días de invierno, mientras el presidente del país abre nuevamente las vías públicas de acceso y los hospitales son cuna y sopa de toda clase de cepas virales, y un día de hospitalización en el Perú equivale en el mejor de los casos a tres mil quinientos soles mensuales, pude conocer su trabajo más celebrado: Montacerdos

Y un poemario, en tapa dura, edición de lujo, con dibujos orientales, llamado Colina de los Helechos. Ambos libros, que los leí de un tirón, y que los disfruté en diferentes tonos y sabores mentales, me dejaron ver el adn literario, la sensibilidad de Jara que solo había degustado en los versos antes mencionados. 

Primero el Montacerdos, que es una historia sobre la pobreza narrada desde una desmesurada imaginación, con acertados matices sonoros, con monólogos y prosa libre; es un logro en cuanto nos muestra la miseria desde una mirada niña, capaz de habitar el Infierno; y es también un libro crítico con la realidad, con la situación que atraviesa el ser humano en el estado de miseria absoluta, donde no queda otra opción que comer ratas para no morir de hambre; logra también crear personajes entrañables como el cerdito Celedunio, mamá Griselda y Yococo. 

Su prosa tiene mucho de Rulfo, como de Ribeyro y Congrains, aunque también mucho de la propia realidad geográfica del autor, que se manifiesta desde una mirada de múltiples matices y colores locales, como también de espacios que colindan con lo surrealista o los viajes líricos de los personajes habitando una realidad que de tan violenta macabro:

«Quise flotar. Cerré los ojos para ser una paloma y como no pude, lloré. Me fui a ver cómo eran los polluelos. Son cabezones, pelados y temblorosos, feos como Yococo; por eso yo quería a los polluelos de las palomas.»

Al contrario, Colina de los Helechos, es un conjunto de 15 poemas influenciados en el canto del Oriente. Para los que gozan de la poesía oriental por su calidad y simpleza, sentirán que los versos de Jara se embalsaman de su ritmo y hechizo. Si el poeta oriental antiguamente vagaba buscando el hechizo de instante, o bebía a solas antes de las batallas mirando la luna, o como Wang Wei dibujaba pentagramas que definan la ciencia del vacío, en los versos tratados por Jara encontramos registros que acercan esas fuerzas a su poética. En los títulos como «Li Tai Po recoge una vieja espada», observamos ya el acercamiento con la tradición oriental. Ahora escuchemos la voz del poema:

«Qué me importa la gloria de antiguos soldados
una tempestad de langostas más delicada es
que el Gran Dragón devastando en tierra lejana.

A la cristalina espada opongo la línea de un verso;
inútilmente el filo del metal osaría abrir en dos la montaña.
pero mi corazón unir sí puede dos mundos
con un puente de crisantemos.» 

En estos versos, cuando atomizado sentir, se goza de la música irreverente y delicada de Jara; a diferencia de su antiguo poemario Manifiesto de Ocio, en Colina de los Helechos vemos una ruta más cercana a la delicadeza de porcelana de la poesía china; estado grácil que solo puede uno asumir con un necesario camino de agudizamiento de sentidos. Entonces, el poema sigue y nos canta:

«Una palabra bien dicha deslumbra como perla.

Más hermosa es que gota de sangre en la punta de flechas.

Tú que oyes la voz del Emperador y su lengua es de fuego,
la sustentan desolación y muerte y oscuros rumores
del tropel de tan locos ejércitos.»

Aquí, se hace el debido elogio al arte de la escritura, la solidez de «una perla», la hermosura de un lenguaje perfectamente ubicado es tan «deslumbrante como una perla». En este tono, continúa este conjunto de poemas, donde se observan elogios antes de la guerra, cantos sobre la celebración de paisajes y estados de embriaguez. 

Pensando en su prosa y en su poética creo encontrar una unidad en relación al sentido del lenguaje, su expresión y énfasis; en ambas circunstancias, el trabajo de Cronwell Jara conserva un delicado panorama de matices y detalles, en sus adjetivos y colores, que nos inundan de libélulas titilantes los ojos. Es decir, como toda literatura que aún importa, se trata de lenguajes vivos con capacidad de tocarnos y abrirnos nuevos paisajes. Lo mejor de Jara se encuentra en el detalle: travieso, natural, explícito:

«(…) mocos que subían y bajaban con hélices mariposeando en las narices.» (Montacerdos, página 41)

Donde lo significativo es su capacidad de traducir los insignificantes detalles con un lenguaje que palpita. Este decir suave, acompasado y musical también lo siento en grandes prositas, que por cierto también probaron poesía, como O. Reynoso. Y también vemos:

«Pues, sin casa, cómo vivir. Dónde ocultarse». (Montacerdos, página 33)

Donde se siente su agudeza y maestría de detalles. Alguien como Daniel Alarcón, por ejemplo, en su libro Guerra a la luz de las velas, cuando dibuja una habitación explica que las camas de madera se sostienen con dos o tres ladrillos. 

Esos dos o tres ladrillos, que es un simple detalle pinta una escena entera: un cuarto de una cama mísera. Igual es Jara. O Ribeyro. Aunque a contracorriente de Alarcón o Ribeyro, Cronwell busca un realismo distinto; el realismo propio de una mente desmesurada. El ambiente donde se desarrollan las historias es el mismo: la periferia de la Urbe, aunque Jara es más festivo y quimérico. 

Un registro de lo mínimo. Y un registro muy vivo de lo mínimo. Un lenguaje propio, algo muy caro de conseguir y que lo separa de tantos prosistas. Al menos en Montacerdos, el registro es de un voltaje creativamente visceral. En ese sentido, la prosa de Jara, como los orientales encontrando el cosmos en una hoja que cae o un amanecer y la plasticidad de los espacios urbanos, nos invita a saborear sus detalles y texturas. Lo que quiero decir es que la imaginación de Jara es poderosa y logra encendernos. 

Ahora, ¿Jara es un poeta que hace cuentos? o ¿un cuentista que hace poemas? Lejos de las limitantes clasificaciones, (y recordando que C. J. también hace novelas) veremos que nos encontramos frente a un artista que se pasea entre los géneros encontrando sus propios y exclusivos motivos para dibujar su universo creativo.  

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Cultura

«La jerga en el discurso oficial del gobierno peruano», por Giovanna Gutierrez Narrea

Redacción Lima Gris

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Escribe: Giovanna S. Gutierrez Narrea

La cultura es un conjunto de significados reconocibles en unas determinadas prácticas sociales discursivas, resultado de las relaciones e interacciones de los seres humanos entre sí y con su entorno, al mismo tiempo que como resultado de las relaciones de poder. Esta es una postura teórica, que ha sido formulada y desarrollada a lo largo del siglo XX por intelectuales como: Max Weber, Alfred Schütz, Peter Berger y Thomas Luckman, Clifford Geetz, Iuri Lotman, entre otros que proponen, como argumento central, la idea de que los seres humanos se construyen a sí mismos en su práctica social, simbólicamente mediada y en las interacciones que, en el marco de esa práctica, se establecen con la naturaleza; esto es, la idea del hombre como productor de sí mismo y de un entorno significativo.

La cultura es un sistema vivo, abierto, su carácter incompleto no es un defecto sino una condición de su funcionamiento normal. En la cultura se conservan y transmiten mensajes, informaciones, ideas, saberes, pero al mismo tiempo se crean nuevos; la conservación y transmisión de los mensajes se ajusta a reglas que permiten el traslado del mensaje del destinador al destinatario.

El discurso moviliza el sentido al servicio de relaciones asimétricas de poder, que constituyen modos de saber y hablar del mundo, manifiestos en específicas prácticas sociales discursivas. Es así que en uno de los discursos que nos tenía acostumbrados el Presidente Martín Vizcarra manifestó: “Cuando vayan a comprar papas o lechuga o cualquier producto se van a llevar de yapa el Covid-19 a su casa”.

La expresión yapa, de origen quechua, que significa ‘ayuda’, ‘aumento’; es una expresión lingüística llamada jerga, la cual es parte de nuestra cultura, porque la lengua, concebida como tal, se define como un instrumento de interacción social, cuya función principal es propiciar la comunicación entre los individuos, tomando en consideración el contexto social específico en el cual se desarrollan las diversas estructuras lingüísticas correlacionado con la intención (fines u objetivos comunicativos) expresada por el hablante en un determinado enunciado.

El discurso oral exhortativo también puede valerse de la jerga para ser más eficaz: peruano camiseta, tiene la intención de nuclear masivamente a los ciudadanos, para que se comprometan (o pongan el hombro, otro uso de la jerga) con su país para salir adelante en una situación de crisis.

“Las lenguas existen vigorosas por su dinámica social, su flujo cotidiano y su fricción permanente. Los términos no terminan siempre y cuando su fin no sea su final. La lengua es como uno, uno es la lengua. Por tanto, nace, crece y muere. Su carga genética tiene genio. Estoy seguro que hay lenguas muertas jamás inmortales. Así, nadie habla hogaño como Miguel de Cervantes antaño. Digo, la lengua se gasta más que los zapatos porque camina, tiene calle, dobla esquinas. Y en uno de sus niveles, las jergas -el plural es mío- son ejemplos de la plasticidad del lenguaje, tan serias como un juego creativo” (Eloy Jáuregui).

Por ello, se hace cada vez más difícil restringir la jerga en la práctica coloquial, en todos los niveles socioeconómicos. Un ejemplo: en la jerga política peruana se puso de moda el término “chorreo”, equivalente a “recuperación económica”, para sectores que no gozan de recursos permanentes.

Guillermo Bendezú nos aclara que la transformación del español en jerga no deforma el habla culta, cuando escribe: “Nuestro argot criollo y neologizante es un habla marginal en el seno de la lengua común, empleada mayormente por gente de baja cultura –aunque nosotros consideramos que no necesariamente solo este tipo de gente lo utiliza—; es una deformación, a posteriori, del idioma oficial, debido a matizaciones expresivas y reelaboradas en el diálogo cotidiano. El argot criollo suple, entonces, a medios expresivos de tendencia retórica, propia del lenguaje castizo; utiliza como en la lengua figurada una serie de recursos imaginativos y formales: metáforas, símiles, sinécdoques, metátesis, apócopes, homonimias, etc”.

El argot no se propone deformar el habla culta, al contrario; su aporte estilístico de orden narrativo, produce trastornos morfosemánticos en muchas voces, por lo que hay que formular métodos de solución pertinente. El lenguaje argótico es funcional y directo; su habilidad informativa resulta más que precisa: “oe, causita, tírate un say say, pues, que estoy aguja”: “oye, amigo, préstame un sencillo, porque estoy sin dinero”.

Los usuarios del estándar son quienes han tenido acceso a la educación formal; sin embargo, utilizan otras variedades marginales al sistema y por eso deben ser consideradas como parte integral e indispensable de la lengua que requiere de ellas para su evolución, transformación y consolidación lingüística y cultural.

Si hablas a una persona en una lengua que entiende, las palabras irán a su cabeza. Si le hablas en su propia lengua, las palabras irán a su corazón (Nelson Mandela).

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Cultura

MAIAKOVSKI, LA POESÍA TIENE EL ESTRUENDO DE UN BALAZO

Joe Guzmán

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El 14 de abril de 1930, exactamente a las 10 y 15 de la mañana, se escuchó el ruido de un balazo en un apartamento de Moscú. Nadie sabía qué pasaba, excepto una bella mujer llamada Vera Polonskaia, quién nerviosa y con los ojos llorosos corre hacia ese lugar. Algo tensa y con la mente cargada de imágenes confusas logra abrir la puerta de la habitación. No puede creer lo que ve: Vladimir Maiakovski, el poeta de casi dos metros de altura, está tirado en el suelo con el pecho destrozado. Adiós los murmullos, adiós a los dramas, adiós a las contradicciones. En la habitación aún flota el humo del arma. Qué poético.

En 1912 un grupo de poetas rusos, pertenecientes a lo que se conocería como el “Futurismo ruso”, publican un manifiesto llamado “Una bofetada en la cara del gusto del público”, donde expresan un rechazo hacia el pasado y un romanticismo hacia el futuro. Además, llevan acabo un parricidio público hacia escritores de primer nivel, como es el caso de Pushkin, Dostoievski, Tolstoi, Andreyev, etc. Esta postura de quebrantamiento y ruptura, a cinco años de la Revolución Rusa, fue la perdición y la incertidumbre de todos ellos, más aún para Maiakovski.

Estos poetas que estaban encantados por el desarrollo apabullante de la tecnología, la velocidad y la modernización de las urbes, acusaron y repudiaron la pasividad y el estatismo del pasado, buscando causar escándalos y rompimientos con la antigua tradición. Tanto era la ira que los envolvía que también terminaron rechazando el Futurismo italiano de Marinetti.  Hay una gran diferencia entre el ismo desarrollado en Italia y en Rusia, mientras que el primero mantiene lealtad a Mussolini y al fascismo, el segundo lleva la palabra “revolución” en la sangre, involucrándose superficialmente en los vínculos políticos y sociales.

Esta desmesura transgresora de los futuristas rusos no solo estaba ligada a una actitud reaccionaria del arte, sino que también se complementaba con la forma de vestir y el carácter de sus integrantes. Acostumbraban a vestirse con una camisa amarilla, provocando el horror y el rechazo de la clase burguesa. Respecto a ello, Maiakovski señala: “Cierta vez a falta de corbata me puse una cinta amarilla y tuve mucho éxito. Entonces decidí hacerme una camisa del color de la corbata: el éxito fue escandaloso”. Incluso hay un poema donde se comenta todo ello: “La camisa fatua”. Todo joven futurista, aparte de usar camisas de este color, también solía ir a los cafés para derribar los atriles de música y alborotar los que estaban ahí, con las mejillas pintarrajeadas y las manos en forma de puños desafiaba a una pelea a cualquiera que los miraba mal.

De esto se puede extraer dos ideas opuestas. La primera es que el futurismo simbolizó un rechazo hacia las costumbres explotadoras de la época, emprendiendo una lucha a muerte ante los horrores del zarismo. La segunda es que, pese a esta actitud beligerante, rescatable y positiva para su época, nunca logró vencer al nihilismo y la bohemia burguesa que lo caracterizaba.

Aquí dos opiniones.  León Trotsky: El futurismo ruso nació en una sociedad que aún se hallaba en el curso de primaria que fue para ella la lucha contra Rasputín y que se preparaba para la revolución de 1917. Antonio Gramsci, en una carta dirigida hacia el primero, acota que casi todos los futuristas italianos se han convertido en fascistas, participando activamente en la victoria del imperialismo.

En pleno desarrollo y consolidación del Futurismo, estalla la Revolución Rusa, instaurando una mentalidad más colectiva y progresiva del arte y la vida. Los futuristas aún no estaban preparados para ese magno acontecimiento, no habían dejado las histerias y puerilidades que no les permitían ser reconocidos oficialmente como una escuela artística. El proletariado los sacudió en un momento en que aún eran perseguidos. El futurismo simbolizó la destrucción, pero no la reconstrucción, he ahí su problema. No lograron fortalecer su lírica con el espíritu del comunismo. Trotsky menciona que no han dominado suficientemente, los elementos que encierran las posiciones y la concepción mundial del comunismo, como para poder encontrar su expresión orgánica.

Aparte de lo ya mencionado, otra debilidad del futurismo radica en que su postura parricida fue mal vista por los intelectuales de la Revolución Rusa, quienes argumentaban que debe haber un manejo y profundo conocimiento de toda la tradición para así poder superarlo y crear una poética adecuada a su contexto. La clase obrera no tenía por qué romper con la tradición, ya que de cierta manera esta los había formado intelectualmente. La negación que tanto hacían alarde los futuristas no podría concebirse en la nueva concepción artística de Rusia, ya que el conocimiento de la propia tradición permitiría a la clase obrera adentrarse en un mundo que resultaba familiar, esto ayudaría en la formación de una nueva clase de hombres revolucionarios por vivir con la tradición no dejamos de ser marxistas ni revolucionarios.

Entre toda esta nebulosa de contradicciones y de críticas positivas y negativas, emergía la figura alta y estrambótica de Vladimir Maiakovski. A diferencia de sus compañeros de escuela literaria, él supo ubicarse mejor en este contexto revolucionario, lo cual le sirvió para ser llamado “el poeta de la Revolución Rusa”, pero más por una ambiciosa personalidad que por su lirismo. Varios escritores y críticos han señalado que había poetas de mejor calidad que no tuvieron la fortuna de ser tan famosos ni publicados como él, un ejemplo claro es Borís Pasternak. ¿Pero entonces qué había en Maiakovski que los demás no poseían? La respuesta es fácil: entrega y pasión.

Aquel poeta que permaneció once meses en la cárcel cuando aún era adolescente por sus actitudes revolucionarias y antizaristas, supo fortalecer la gran disyuntiva entre biografía y poesía, reflejando un amor desmesurado ante la vida. La escritura y la revolución proletaria alimentaron su espíritu e incrementaron el fuego de su poesía; sin embargo, no todo fue felicidad. La contradicción entre su espíritu juvenil y la actitud ante una nueva forma de vida le jugaron una mala pasada.

Esto se puede sintetizar en que su poesía no estuvo a la altura de la revolución comunista. Intentó de cualquier forma y a como de lugar, encerrar en su poesía el espíritu de toda aquella época, pero no pudo. El pasado lo sacudía y el futuro se alejaba cada vez más.

Es comprensible esta situación. El futurismo hacía alarde de soltura, fuerza e irracionalidad. La revolución pedía mesura, criterio y mucha razón. Por ello, en una entrevista que César Vallejo hace al ex poeta futurista, este menciona: guerra al subconsciente y la teoría según la cual el poeta canta como canta un pájaro. Guerra a la poesía apolítica, a la gramática, a la metáfora … el arte debe ser controlado por la razón … debe siempre servir la propaganda política, y trabajar con ideas preconcebidas y claras, y hasta debe desarrollarse en tesis, como una teoría algebraica, la expresión debe ser directa …

En su poética encontramos algunos rasgos muy característicos:

La experimentación y ambición de su poética: el verso escalonado de estrofa nerviosa, corta, vibrante que toma de Stéphane Mallarmé y su Un golpe de dados jamás abolirá el azar.  El proyecto desmesurado del poema 150 000 000 con el que pretendía simbolizar el espíritu de la Revolución Rusa:

«150 millones es el nombre de este poema maestro / bala es el ritmo, la llama de una rima saltando de casa en casa / 150 millones hablan, por mi boca / masas marchando sobre el papel escalón está la máquina duplicadora compensado recibiendo estas páginas impresas. // ¿quién iba a preguntar la Luna y el Sol de lo que les hace llevar a cabo el día y la noche, que había exige el nombre del genio creador? / los mismos de con este poema: no tiene un solo autor «.

Fragmentos de este poema fueron recitados en distintos lugares de Rusia, pero no fue para Lenin más que algo pretencioso, experimental y poco fiable. Respecto a ello, hay dos posturas enfrentadas. Por un lado, León Trotsky: el poema de la revolución debía ser 150 000 000, pero no lo es. La obra, ambiciosa en su proyecto, está minada por la debilidad y los defectos del futurismo.

Por otro lado, Roman Jakobson: “150 000 000 es digno de la Revolución de octubre tanto por su alcance titánico planetario, como por la novedad revolucionaria de sus imágenes y por la elevada efectividad de la técnica poética. Constituye la más alta expresión de la identificación de lo individual con la masa”.

La individualización lírica es otro de los rasgos de su poética, la arrastró como una cadena pesada que le causaba sufrimiento y que nunca quiso soltar, voluntaria o involuntariamente. Su poesía consistía en cantos hacia sí mismo, pese a que intentaba reflejar los avances de la tecnología y la lucha contra el poder. Luego de la revolución quiso acoplarse a un nuevo estilo más colectivo y representativo de las masas, pero el fracaso estuvo siempre latente. La arrogancia individualista corre por casi toda su lírica, cuando quiere elevar al hombre nuevo post-revolución, lo termina convirtiendo en un plagio de sí mismo, personalizando su figura como un elemento lírico de su generación.

Respecto a ello, Roman Jakobson en su libro “El caso Maiakovski” escribe que

Para ascender al hombre, él lo eleva hasta Maiakovski. Así como el griego era antropomórfico y confrontaba ingenuamente las fuerzas de la naturaleza consigo mismo, así también nuestro poeta es maiakomórfico y es él mismo quien puebla las plazas, las calles y los campos de la revolución”.

César Vallejo tiene palabras muy fuertes:

“Maiakovski fue un espíritu representativo de su medio y de su época, pero no fue un poeta. Su vida misma fue, asimismo, grande por lo trágica, pero su arte fue declamatorio y nulo, por haber traicionado los trances auténticos y verdaderos de su vida”.

En los poemas, escritos tanto en primera como en tercera persona, Maiakovski siempre habla de sí mismo, cada paso que da es un acercamiento hacia su mundo interno. Obviamente esto no está para nada mal en un poeta, pero no en uno que luchó por representar el espíritu proletario de la Revolución Rusa.

El último rasgo que se puede extraer, de los muchos que aún subyacen en su poética, es el carácter irracional. Ni el lógico accionar que se pedía en ese contexto político pudo opacar la desenfrenada horda de sus deseos más pasionales y escalofriantes: el amor y la muerte.

El amor hacia Lili Brick cubrió como una inmensa niebla (no soy un hombre, soy una nube en pantalones) gran parte de su poética. En 1923 se encierra voluntariamente dos meses en su habitación para escribir un poemario llamado “De esto” dedicado a Lili Brick, su musa, su tormento, su tragedia. Son muchas las cartas que intercambiaron y los poemas dedicados. Se conocieron en 1915, él se enamoró perdidamente, ella estaba casada con Ósip Brick. Se convirtieron en amantes y en las habladurías de la gente. Viví con Maiakovski quince años, desde 915 hasta su muerte.  De esta forma se inicia el libro “Cartas de amor a Lili Brick”.

La muerte, o mejor dicho el suicidio, es algo que siempre estuvo latente en su poesía. Cómo es posible que un hombre que se hace llamar el poeta de la revolución termine por matarse luego que esta triunfe. Desde antes que la revolución sea una realidad Maiakovski reflejaba en algunos versos cierto pesimismo y atracción por aquella:

Al cabo de tantos y tantos años /ya no viviré/ moriré de hambre/ o un tiro me pegaré/ a mí, al de fuego. (Barato se liquida)

Cada vez con más frecuencia pienso, /si no sería mejor/ poner el punto de una bala en mi final. / Hoy yo/ de todas forma/ doy un concierto de despedida.

Con el transcurrir de los años, la idea del suicidio se hace cada vez más obsesiva. Los poemas “El hombre” y “De esto” reflejan este macabro pensamiento. Si uno hace un seguimiento a las ideas de suicidio que refleja Maiakovski se daría cuenta que estas abundan. Algo similar le pasaría a Alejandra Pizarnik, quien en su diario y en sus poemas da entrever que el suicidio es algo latente e impostergable.

Hay un aspecto interesante que está relacionado con el carácter irracional de Maiakovski: su aversión a la infancia. La crítica no ha profundizado mucho en este aspecto. Cuenta Jakobson que el poeta se alteraba cada vez que en la habitación entraba corriendo un niño. Incluso escribe lo siguiente:

Escuchad:/ el sol lanza sus primeros rayos/ sin saber aún a dónde / después del trabajo, irá a parar;/ he sido yo, Maiakovski/ el que ha llevado/ al pie del ídolo/ una criatura decapitada.

Se ha escrito mucho en torno a la figura de este poeta. Algunos enaltecen su figura representativa de la Revolución Rusa, otros lo critican cruelmente (César Vallejo: “fue un mero literato, un simple versificador, un retórico hueco”), otros lo critican alegando que aún era un poeta en proyecto, otros no pueden concebir su suicidio ( “se podía esperar todo de Maiakovski, menos que acabara consigo mismo”, “unir a esta figura la idea del suicidio es casi imposible”, “es incomprensible ¿Qué le faltaba?”), y otros se hacen los dolidos para luego escupir sobre su tumba (“Nosotros censuramos la absurda e injustificada acción de Maiakovski. La muerte estúpida y vil. No podemos dejar de protestar enérgicamente contra su partida, contra su cruel final”)

Yo me quedo con el Maiakovski espontáneo y de gran personalidad, no de aquel que terminó crucificado ante la presión de encontrarse entre la generación prerrevolucionaria y la postrevolucionaria y que no supo estar a la altura de las circunstancias políticas, arrastrando su pasado futurista como una enfermedad terminal. Yo me quedo con el Maiakovski simple que canta a su nostalgia, a su infancia y adolescencia, a sus luchas internas, a sus vivencias, a sus amores felices y frustrados, aquel que escribe sobre la naturaleza y lo extraño que es la vida, aquel que no necesita alargar el poema para sentirse un verdadero poeta de su tiempo, sino simplemente reducirlo para poder tocar su esencia.

A mí, pues, / me enseñaron a amar en la cárcel (…) / Yo, pues, me enamoré de la ventanilla de la cámara 103. /Hay gente que mira el sol todos los días / y se enorgullece. / No valen mucho sus rayos, dicen. / Pero yo, entonces, / por un rayito de sol amarillo/ reflejado sobre mi pared, /hubiera dado todo el mundo. Extraído del poema titulado “Adolescente”. La cámara 103 es el número de la cámara de la cárcel donde estuvo preso casi un año.

Yo no tengo en el alma ni un solo pelo canoso/ ni tengo ternura senil en mis años. / Atronando al mundo con el poder de mi voz, / voy hermoso/ de veintidós años.

Pensar en Maiakovski es pensar en otros poetas rusos de ese tiempo que terminaron sus vidas en medio de una tragedia.

Serguei Esenin alcoholizado, depresivo y abandonado, se suicida ahorcándose en el cuarto de un hotel el 27 de diciembre de 1925. Deja un poema de despedida: morir en esta vida no es nuevo, pero tampoco es nuevo el vivir.

Marina Tsvetayeva regresa a Rusia en 1941, después de haber vivido miserablemente exiliada, para ahorcarse después de que su esposo fuera asesinado por el régimen bolchevique.

Gumiliev terminó fusilado en 1921, su poesía fue prohibida durante el régimen soviético.

Block murió después de una larga agonía espiritual e insoportables tormentos físicos.

Jlevnikov pedía flores mientras su cuerpo iba descomponiéndose para no sentir el hedor de su muerte, todo esto entre inhumanos sufrimientos.

Maiakovski se dispara en el pecho. Dos días antes escribe una carta de despedida:

(…) el barco del amor se ha estrellado
contra la vida cotidiana
Y estamos a mano tú y yo.
Entonces ¿para qué reprocharnos mutuamente
por dolores y daños y golpes recibidos?
¡Suerte a los que quedan! (…)

Quizás su suicidio signifique algo que nunca pudo hacer en vida: matar al individuo que llevaba dentro para que emergiera el poeta símbolo de toda una generación. El balazo es una represión del individualismo, del pasado, y de una crisis espiritual y moral que no le permitió estar en paz. A otros la muerte lo enaltecen y glorifican, con Maiakovski solo dejó entrever aquel camino difícil que el poeta no supo emprender.

Me han colgado tantas cruces, y me han acusado de tantos pecados, que cometí y no cometí, que a veces pienso si no sería mejor marcharme a algún lugar y pasar allí un par de años, solo para no oír las injurias.

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Cultura

“Copas antes de la fiesta”, un relato de Paco Moreno

Redacción Lima Gris

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Es de noche. Falta aún una hora. Al parecer hay un gran alboroto abajo. Me dijeron que empezaría a las ocho en punto. Desde este piso 17, la ciudad se ve espléndida: avisos gigantes de empresas multinacionales, niños y niñas sonrientes en los paneles publicitarios, lúdicas luces de neón interactuando con la indiferencia de la ciudad y sus miles de autos de lujo, como si en esta ciudad estuviese prohibida la tristeza y más prohibido aún el fracaso. Oigo el sonido tenue de un claxon y pienso en lo mucho que tuve que viajar para llegar hasta aquí. «Se parece a mí», digo no con vanidad, sino con orgullo. Fue muy largo el camino que tuve que vencer para llegar estar aquí: de Cangallo a Nueva York. Ya que odio el aire acondicionado, son las ventanas abiertas las que calman el calor de esta noche. Hay un silencio sordo. Veo que las cortinas se entienden bien con el viento neoyorquino, desde esta altura pueden contemplarse mejor las cosas. Me acompaña una botella de vino. Cada vez que bebo escucho huaynos, aunque diga que solo me gustan los boleros. Los huaynos ayacuchanos llevan el ángel de la melancolía, sobre todo cuando estás fuera del Perú. Pero no hay motivo para estar triste ahora. La inauguración será a las ocho.

Dicen que no es bueno hablar de los logros propios, pero no importa. Estoy solo. Además, este logro no es solo mío, sino de todos aquellos que cierto día escapamos de las garras de la muerte y evitamos que la sonrisa nos dejara para siempre. ¡Ah!, también es de otros, claro. Me propusieron dar un discurso esta noche. Digamos que esta charla a solas es un ensayo para este discurso. Quien siempre haya sido rico nunca sentirá la riqueza como yo; digo, tal como la sentiré yo, porque después de esta apertura estoy seguro de que vendrán más y más, hasta llegar a Europa. Salud por eso. Salud.

Intuyo que este palabreo sin orden es el resultado del vino, aunque ahora creo que hubiesen sido mejor unas copas de pisco. Tengo la rara costumbre de anticiparme a las celebraciones, y nadie comparte eso conmigo, de modo que, como siempre, estoy celebrando solo. Mejor así porque no tengo a ningún aguafiestas cerca que pueda lanzarme esa frase pesimista: «No cantes victoria antes de tiempo».

Es inevitable que el tiempo pase. Falta muy poco para que llegue la hora, pero no quiero que se me acerque todavía. Una copa más. Salud. Siento casi los mismos nervios que sentí aquel día en que inauguramos el primer local en Miraflores, o cuando empezamos a vender comida a los obreros en San Borja. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces: 25 años, más o menos. Debo confesar que lo siento como si hubiese sido ayer. Debe ser porque todo este tiempo he trabajado como mula. Salud por las mulas que nos sirven de ejemplo. Salud con este vino que, aún sin marca registrada, es de Chincha, ¡carajo! Un vino casero, hecho por una familia amiga. Es tan bueno que, si le pusieran marca, con diseñito y todo, su publicidad en la televisión, la Internet, la radio y lo vendiesen en las grandes ciudades como Nueva York, Madrid, París, mis amigos se harían ricos. Pero ahora lo bebo solo y feliz, y no sé por qué siento una vaga tristeza, como si mi orgullo se convirtiese en pena.

Es curioso: el vino y la música nos regresan siempre a la infancia. Es como si la infancia fuese la única etapa de la vida que anhelamos, a pesar la imposibilidad. Un anhelo infinito. Alguien dijo —no recuerdo quién— que después de los nueve años no le había ocurrido nada importante. Mi infancia… yo vestía con camisa de cuadros y jeans, de esos con tirantes largos y hebillas de metal. Todo un vaquero andino, con esa ropa enviada desde Lima. Corría alegremente por las colinas verdes donde se dibujaban los caminos que daban a mi casa de adobe y grandes tejas rojas y chacras de maíz, papas, ollucos, arvejas y habas; con corral de animales caballos, vacas, cerdos, toros, terneros, gallinas y patos. Cangallo era entonces un pueblo sin luz eléctrica ni agua potable, pero con un hermoso río como los que ahora solo se ven en las fotografías.

Lo que más me gustaba de la casa era la cocina. Detestaba ir a labrar la tierra del campo, pero tenía que hacerlo pues las reglas están para cumplirlas. Por eso me gustaban las tardes, tardes de cielo azul, de viento fresco, de silencio con música de pajaritos. Me encantaba mirar desde la ventana de la cocina a las orugas que buscaban refugio cerca del marco de la ventana; la lluvia cayendo de los tejados, y la sobria tranquilidad de los animales en el corral, acostumbrados a la lluvia y el frío, felices.

Yo tenía siete años y ya sentía un gusto extraño por la cocina. Quería estar ahí, a cada momento hacer combinaciones, jugar con los ingredientes. Así, la cocina, de pasatiempo se convirtió en una forma de vida para mí; luego en un don que a veces me asustaba. Intuyo que todo esto empezó por mi gusto por la comida de mamá, por el aroma de las humitas, los ajíes, por el sabor de las carnes, de los guisos. Disfrutaba mirándola en su cocina, cómo se movía, con ritmo, como si estuviera practicando una danza oriental. A veces, pensaba que, aunque mamá estuviese ciega, no tendría problemas para prepararnos algo.

– ¿Qué tantas miras, Paquito? -decía.

–Algún día tendré mi propia cocina.

Papá no entendía esas cosas. En aquel tiempo creía él, como la mayoría en Cangallo, que la cocina era labor de mujeres, que los hombres habían nacido para el trabajo rudo, como si cocinar fuera para débiles.

Cierto día, me escondí y no fui al campo. Me quedé a ayudar a mamá. Papá volvió antes de la hora de costumbre, con el ceño fruncidos golpeando cosas, vociferando, y me dijo clavando sus ojos en mis ojos: «Carajo, ya te he dicho, la cocina es para las mujeres», y yo me metí entre los brazos de mi madre y lloré ahí, quietecito, hasta que papá volvió a gritar. Mamá no decía nada y me miraba con esos ojos donde yo podía leer la resignación.

–Tranquilo, mi hijo, tú eres tan valiente que ni las cebollas te hacen llorar.

Somos cinco hermanos. Yo soy el tercero. Aquel tiempo a mis hermanos mayores no les gustaba la cocina. Entendían muy bien sus funciones de hijos varones: el campo, la chacra, la pala, el pico, los animales. Cuando llegamos a Lima, en la medida en que mis hermanos fueron creciendo, empezaron a seguir mis pasos, primero por necesidad y después por placer. En Lima, a diferencia de Cangallo, los hombres podían cobrar por «divertirse» en la cocina. Nada hubiese podido hacer sin la ayuda de mis hermanos. En este momento, mientras suelto estas palabras mirando las luces de la ciudad, deben de estar buscándome, aunque ellos saben de esta rara costumbre de celebrar antes de tiempo.

—Ya es una cábala que Paquito llegue picadito a las fiestas —dijo uno de mis hermanos en nuestra última inauguración en Caracas, después lo dijo en la inauguración en Bogotá, así como en la de Buenos Aires, Santiago y Quito.

 Es innecesario decir que, para llegar hasta aquí, tuve que gastar muchos zapatos, amistades y hasta amores. Una copa más por ellos: ¡salud! La botella no se resiste a quedarse vacía. La música es precisa, exacta, y llega adonde debe llegar, a ese espacio donde los sonidos se graban y despiertan cuando la música vuelve a vibrar. Una botella de vino jamás me ha emborrachado. Jamás. Bebo porque beber es un placer delicioso como hacer el amor, solo que se practica más seguido.

A pesar de que vi a mis padres esta mañana, me gustaría verlos ahora, en este instante. Quiero abrazarlos, estamparles besos, brindar con ellos; pero a ellos les gusta la chicha de jora. Bueno, a papá, también la cerveza. Mis padres tienen la misma edad. Cuando tenían treinta años, ya tenían cinco hijos. Todo un mérito en Cangallo. Pero, claro está, en Lima es una desgracia. A pesar de todo, ellos supieron criarnos a los cinco. Nos dieron el ejemplo del tesón y el trabajo. Tremendos viejos. Ahora deben estar abajo ayudando; sobre todo mamá, que se ha ganado el apodo de «La Coronela» por la voz de mando que tiene en los restaurantes. Uno de los trabajadores, que tiene vena artística –como todos los cocineros–, ha hecho una caricatura de ella, dio la vuelta por todos los locales. Es ella, como una coronela, con las tres puntas en la mano guiando para que todo salga bien.

En Cangallo, cierta noche, papá llegó borracho a casa y nos reunió a todos en su cuarto. Él, que hablaba poco, esa noche habló tanto que terminó haciéndonos llorar a todos. Yo no entendía mucho lo que decía, pero mis hermanos mayores me lo explicaron después. Papá trabajaba haciendo carreteras, y en una de esas jornadas en un pueblo cercano presenció cómo unos encapuchados raptaron a personas del pueblo poco antes de la cosecha. Papá lloraba por el temor de que esos encapuchados llegasen a nuestro pueblo. Llegaron muy rápido, como plagas, como una maldición del cielo. Pero papá y otros hombres del pueblo ya habían huido a Lima. Nosotros escapamos después en un camión.

Por suerte, llegamos a San Borja, a un lugar que papá había conseguido con ayuda de unos parientes. Era un almacén de materiales de construcción de una compañía en la que él había empezado a trabajar como peón. El lugar era muy amplio y estaba frente a un parque, en medio de lo que sería una urbanización de lujo en plena construcción. Lo primero que compramos para nuestra nueva casa fue un televisor. La confusión era lo que más entendía en esa época. Mis padres lloraban viendo las noticias, Habían tomado Cangallo la gente desaparecía en Ayacucho. Decenas de campesinos lloraban en la pantalla: «Son los encapuchados los que hacen desaparecer a la gente», «No, son los sinchis los que hacen desaparecer a la gente». Todo era confuso y a mí no me gustaba escuchar esas cosas. Mis hermanos y papá callaban. Mamá se ponía triste.

En San Borja, éramos una familia extraña. Pobres en medio de ricos, cetrinos entre blancos. Los gringuitos se nos acercaban para jugar con nosotros. Mis hermanos mayores y yo nos burlábamos de ellos tanto como ellos se burlaban de nosotros, pero hicimos más amigos que enemigos. Ver la opulencia de ellos, sus mansiones y sus autos de lujo, me hicieron saber que con trabajo se podía lograr todo eso. Aunque papá había ascendido a albañil, mamá, para ayudarlo con los gastos de la casa, comenzó a vender comida a los señores de la compañía en la que trabajaba papá.

Creo que tuvimos mucha suerte porque mis primos, cuya suerte en Cangallo era casi la misma que la de nosotros, se perdían en los inhóspitos arenales de entonces: Villa El Salvador, Villa María del Triunfo, San Juan de Miraflores, San Juan de Lurigancho. Eran tiempos duros.  Al presidente de la República, el gobierno se le iba de las manos; y las cosas empeoraban con los cambios mando. Mis hermanos y yo hacíamos colas interminables en los centros comerciales para comprar azúcar y arroz. Pero mis primos la pasaban peor. Ellos ni siquiera sabían que era un centro comercial. Ahora son trabajadores exitosos de nuestra cadena de restaurantes. Este departamento, por ejemplo, lo alquiló uno de ellos que, en este momento, debe estar abajo en todo el ajetreo de la inauguración.

Mis hermanos y yo estudiamos por las mañanas en un colegio público de Surquillo. Volvíamos caminando a casa. En Cangallo estábamos acostumbrados a caminar y caminábamos por donde queríamos.  En Lima quisimos hacer lo mismo, pero no tuvimos suerte. Las calles, las avenidas, las casas nos parecían todas iguales. Cierta tarde aparecimos en la avenida Pardo de Miraflores. No supimos cómo llegamos hasta ahí porque no recordábamos en qué momento habíamos cruzado la Vía Expresa. Ese día llegamos a casa como a las seis, y papá ya había llegado de trabajar. Fue la primera vez que mamá no nos defendió cuando papá nos castigó con las tres puntas que el abuelo había hecho en Cangallo poco antes de morir. Nosotros nos persignamos ante esas tres puntas: las hemos traído como amuleto hasta Nueva York y hemos dejado réplicas en los otros restaurantes. Salud por las tres puntas. Salud. Desde aquella tarde del golpe, nunca más volvimos a casa después de papá; pero seguimos caminando por toda la ciudad, y con eso aprendí que en Lima la comida puede un rito que se celebra en casas, en quintas, picanterías, cebicherías, chifas y hasta en la propia calle. Mis hermanos y yo disfrutábamos de suculentos anticuchos y picarones. Aquellos tiempos, carajo, buenos y bellos tiempos. Jamás me los robará el olvido. Salud. Menos mal que esta copa es pequeña y me permite tomar más tragos.

Observar fue lo primero que hice para aprender a cocinar. Mamá fue mi ejemplo; es mi ejemplo todavía. Ella, que cocinaba para campesinos de Cangallo, tuvo que ingeniárselas para satisfacer los gustos de los obreros de construcción civil en San Borja. Pero no se crea que no comen bien. Ellos exigen mucho. Quizá porque la hora de la comida es uno de sus pocos placeres del día. Al principio preparábamos lomo saltado, arroz con pollo, seco con frejoles, ají de gallina, pero los obreros pedían variedad. Yo imaginaba algunas combinaciones con las cuales mi madre y los obreros se sorprendían.

Partía del sentido común. Por ejemplo, pensaba que el guardián de la obra necesitaba una dieta distinta de la que requería quien llenaba techos o quien cargaba ladrillos. Todo obrero necesitaba un menú distinto de acuerdo con su trabajo, y yo me daba el trabajo de explicarles por qué.

En ese tiempo, los obreros de construcción eran, por lo general, provincianos con experiencias similares a la de papá; entonces preparábamos un menú distinto para los de la selva, otro para los de la sierra y otro para los de la costa; y también platos especiales para los que eran del mismo departamento.

Así, siempre pensando en la cocina, empecé a estudiar, viajar, experimentar, combinar, crear. Inventaba nuevos platos con nombres curiosos que divertían a los obreros: el guiso del carpintero chelero, frejoles a la techera, ensalada para pintores frescos, dieta fresca para el día de los acabados, plato especial para la resaca, cebiche sanborjino levantamuertos, sopa para chóferes. Se me ocurrían tantas cosas. Algunos platos eran rechazados desde el saque. Mamá, a veces, no quería ofrecer a los obreros las combinaciones inventadas por mí. Fue acostumbrándose poco a poco.

Yo trabajaba y estudiaba, y a los 16 años, concluí la secundaria. Papá quería que yo estudiase ingeniería civil porque admiraba a su jefe. Soñaba con que al menos uno de sus hijos se pusiera un reluciente casco blanco, mirase planos y guiara a los maestros de obra. Mis hermanos mayores entraron en las academias preuniversitarias para saltar a la universidad y lograr el sueño de papá. Yo no quería seguir sus pasos. A mi mamá tampoco le gustaba la idea de que yo fuese cocinero. Poco a poco se le fue esa idea, hasta el punto de que me matriculó en una escuela de cocina. Se reía cuando me veía con mi traje blanco y con esa cosa rara en mi cabeza.

—Si te sacaras eso de la cabeza, pasarías por doctor.

—Soy cocinero, mamá.

Después de un tiempo, mamá se convirtió en mi aliada principal. Papá dejó de hablarme, pero mejoró su trato conmigo cuando gané un concurso gastronómico y fui felicitado en la escuela de cocina frente a decenas de alumnos y profesores. Papá entendió: ya estábamos en otro mundo, donde la diferencia de sexos en los trabajos tendía a desaparecer, donde las cosas cambiaban para bien de todos, donde a los hombres les pagaban por cocinar, y donde las mujeres —en muchos casos— solo cocinaban en sus casas.

Más o menos así empezó nuestra aventura, como si todo estuviese escrito. Me gusta creer en el destino cuando me conviene, y cuando no me conviene, lo cambio a punta de persistencia. Creo que todo lo que estoy haciendo en este piso 17 ya está escrito. Salud por eso. Salud.

Mis hermanos mayores dejaron de lado el sueño de papá. Dejaron los números para seguir el camino de los sabores. Nuestras armas eran el estudio y la persistencia. Poco a poco, preguntando, leyendo recetas que salían en los diarios, interrogando a los profesores, visitando a las vecinas del barrio de buena sazón, viajando por todo el país recabando recetas y, en fin, así pues, fuimos abriéndonos un campo en el mercado de la cocina. Cierto día, mis hermanos y yo fuimos a ver cómo se cocinaba en un comedor popular de un asentamiento humano, en San Juan de Lurigancho. Fue una experiencia maravillosa. Recordamos entonces las épocas en la que teníamos que dar de comer a cientos de obreros con bajo presupuesto.

La cuestión empresarial vino después. Las ideas de mis hermanos menores fueron imprescindibles. Ellos crecieron viendo nuestro esfuerzo, de sol a sol, nuestros ahorros en cajitas de zapatos con monedas y billetes humildes. Ellos saltaron con mayor facilidad las redes que a nosotros nos hicieron sufrir. Aprendieron más cosas, no cometieron nuestros errores e hicieron lo que nosotros dejamos de hacer. Querían hacer empresa aprovechando las habilidades que nosotros íbamos perfeccionando. «Todo trabajo tiene que profesionalizarse para que luego se integre a una empresa”, decía uno de ellos, y el otro asentía con la cabeza.

Así, después de una reunión familiar alrededor de una mesa, nació la idea de hacer un restaurante donde debían estar todos los sabores de nuestra comida. «Hay que aprovechar que nosotros, los peruanos, todo nos entra por la boca. Solo podemos ser peruanos a través de un placer tan elemental como la comida. Lo acabo de leer en una revista», decía uno de mis manos menores, y el otro, que también había leído aquella revista, agregaba: «claro, hay que aprovecharlo. Nosotros vemos comida en todas partes. Cuando vemos piernas decimos yucas, cuando vernos tetas pensamos en melones, cuando vemos un trasero imaginamos un queque; y nos hacemos paltas cuando estamos en problemas y tiramos arroz cuando queremos zafar de un compromiso», decía con aires de experto.

Nosotros, que habíamos empezado dando de comer a obreros de construcción civil, fuimos ampliando el número de nuestros clientes. A mí se me ocurrió que debíamos poner un quiosco en las entradas de las playas, pero sin dejar a nuestros clientes engreídos: los obreros. También pusimos un quiosco cerca de las Torres de Limatambo donde se planificaba construir un coliseo de básquet. Papá nos había avisado de ese proyecto, y nos fue muy bien. Ganamos tanto dinero que podíamos poner un restaurante con permiso de la Municipalidad y todo. Yo quería que fuese en San Borja, en la avenida Aviación, en nuestro barrio. Pero a mi hermano mayor se le ocurrió una mejor idea.

—Que sea en Miraflores.

— ¿Por qué en Miraflores? —le preguntamos.

—Es el centro de Lima y, además, en ese distrito la gente paga muy bien.

Todos sabíamos que la brillante idea no era solo de él, sino de su enamorada, a quien había conocido cuando atendía en nuestro quiosco en la playa. En ese entonces, Carla estudiaba Turismo y Hotelería en una prestigiosa universidad; después estudió también cocina, gastronomía, nutrición y tantas cosas más que ahora anda diciendo que es una artista culinaria integral. Ahora ella es la administradora de nuestra cadena de restaurantes, y nos ha animado a todos para que estudiemos más, para tener éxito en los negocios, en el mercado, en la marca y todo eso. Hacen un buen equipo mis hermanos menores y ella. Trabajan duro. Hoy nuestra empresa tiene tantos empleados que ni conozco a todos, a pesar de que siempre nos reunamos con ellos. ¡Qué bueno que papá y mamá nos enseñaron la virtud del ahorro! Sin ello, no hubiéramos abierto ni siquiera el quiosco. Salud por eso. ¡Salud!

Aquella vez que inauguramos el primer restaurante en Miraflores, un crítico de la revista «Caretas» escribió: «Esa familia ha juntado en un solo lugar todos los sabores exóticos y exquisitos de la comida peruana». Salud por eso, ¡carajo! Fue el inicio del éxito. Luego vinieron los otros locales, en San Isidro, Surco, La Molina, y el tiempo nos fue trayendo más sorpresas todavía. Así como las cosas malas, las buenas también pasan en serie.

Creo que ya hablé demasiado. Debo bajar. Deben estar esperándome. Pero faltan diez minutos todavía. Me gusta recordar Cangallo desde aquí, con este vino amigo. iUff! falta solo un trago. Mejor. Esta última copa será en honor de mi amigo Víctor Hurtado Oviedo que disfruta de la felicidad en Costa Rica. Un hombre de letras que es también muy exquisito en el buen comer, todo un sibarita. Él me lanzó por correo electrónico este mensaje alucinante: «La lista de platos peruanos equivaldría a un diccionario de exotismos: las carnes de cabrito, cuy, venado, chancho, cordero, sajino; los ríos y el populoso mar con lindos los cebiches, el pejerrey, el suche, el tiradito, el pulpo, el mero, el paiche, los choros; el seco de chabelo y la desbordante pachamanca; el ají de gallina, los juanes y el hornado de pavo; la carapulca, la ocopa, la fritanga, el ajiaco, la ensalada de chonta y la patasca; el locro de gallina, el conejo a la ayacuchana y el tacu tacu; el cielo goloso de los dulces: la mazamorra morada y la del chuño, el arroz zambito, las tejas de Ica, el King Kong, el sanguito de pasas, los guargüeros, los voladores, el polvorón, el camotillo, las acuñas de maíz, la patilla, el suspiro de la limeña, la chancaca y las humitas; los brindis habladores con la chicha morada, de jora y de maní; la algarrobina, el chapo de aguaje, el chilcano de guinda y el pisco inspirador».

Salud Víctor, salud por esa lista maravillosa. Todo eso y más se servirá en el nuevo restaurante. Salud, otra vez, porque «el tiempo se pone cada día más hermoso». ¡Salud!

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Cultura

Juan Carlos Onetti, el ignorado perro de la desgracia

Joe Guzmán

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(Juan Carlos Onetti ca. 1993. Fotografía: Dolly Onetti)

La ofensa más atroz que se pueda inferir a un hombre es negarle que sufra.
Cesare Pavese

El único lugar donde el fracaso tiene esplendor y belleza es en la literatura. En ningún otro más. He ahí su encanto, misterio y fortaleza. Quizás los escritores sean los más conscientes respecto a la muerte y el olvido, los que están más acostumbrados a fracasar. La resignación les da la libertad y oportunidad para crear un mundo propio.

En las primeras décadas del siglo pasado, Jhon Dos Passos escribía en su novela “Manhatan Transfer” que lo sublime consistía encontrar a alguien que quisiera fracasar. En todo caso, si cambiásemos tal afirmación por la siguiente: lo sublime consiste en encontrar a alguien que invente personajes que quisieran fracasar, no habría de otra que pensar en Juan Carlos Onetti, el ignorado perro de la dicha y la desgracia.

La narrativa de Onetti ha sido calificada con distintos adjetivos, desde laberíntica, inaccesible, tempestuosa, críptica, barroca, desesperanzadora, trágica hasta machista (vaya estupidez). Apelativos muy debatibles, por supuesto, pero si hay alguno que no puede ser contrapuesta, es la de tierna. En la atmósfera grisácea y pesimista que rodea a todos los personajes onettianos, siempre hay un hálito de ternura y de amor que desempaña todo acto cretino, prostibulario y cobarde.

Las historias de amor o desamor (si acaso no son lo mismo) que Onetti ha escrito bordean entre la tragedia y la aceptación de que todo en la vida acaba en desilusión. Las relaciones amorosas están formadas por fragmentos de vidas ajenas, de las cuales nos posesionamos por un tiempo hasta que terminan por desaparecer, sirviendo como desperdicios a otros que nuevamente querrán construir algo nuevo. Con Onetti el amor es un círculo doloroso del que nadie puede escapar. Sino pregúntele a Jorge Malabia, personaje de Juntacadáveres (se me hace tan parecido a Zavalita de Conversación en la catedral), aquel adolescente adinerado que escribe poemas y se enamora de su joven y viuda cuñada que vive inmersa en la locura y en el olvido.

A Rizo, personaje de El infierno más temido, periodista de cuarenta años, viudo y con una hija de once años, que empieza a recibir fotografías que muestran a su expareja, una actriz de veinte años, en posturas sexuales con hombres desconocidos. Todo esto es una forma de venganza por la separación debido a una infidelidad cometida por ella. Él termina suicidándose.  

A Eladio Linacero, personaje de El pozo, que en plena madrugada le viene a la mente la imagen lejana de su mujer bajando por una rambla, con un vestido blanco y un pequeño sombrero caído contra una oreja. Así que decide despertarla para confesarle que hay una posibilidad para poder recuperar el amor que los unió hace algunos años: repetir el mismo acto.   Yo no podía explicarle nada; era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida. Varias veces ella sube y baja la misma calle, pero todo ya era en vano, no había nada por hacer.  

Y por último, entre los muchos personajes que llevan este estigma, está Juan María Brausen, protagonista de La vida Breve, quien ve terminada su vida conyugal debido a la amputación del seno izquierdo de su mujer (esta intervención quirúrgica simboliza la muerte del amor y el asco hacia su propia existencia). Por ello decide desdoblarse y empezar una vida oscura y torrencial con una prostituta que vive al costado de su departamento. Esto es el fin de una vida dedicada a la responsabilidad y la monotonía, al tedio y la indiferencia, al caos que muchos llaman amor. Brausen se imagina a sí mismo en otra vida, así que decide escaparse del mundo real para ir a vivir en el mundo imaginario (Santa María).

Hace algún tiempo Onetti leyó que el infierno estaba minuciosamente conformado por los ojos ocupados en mirarnos. Quizás ahí está el origen de su literatura. Las intimidades son reveladas en cada historia, no hay donde ocultarse de la desdicha. Gran parte de su narrativa tiene como epicentro la ciudad ficticia de Santa María. Tal como  su querido Faulkner inventó el condado de Yoknapatawpha donde transcurren varias de sus novelas (recurso utilizado por otros autores como García Márquez, Juan Rulfo, Gulliver, etc.). Las influencias más cercanas de Onetti son Balzac, Céline y Faulkner.

Juan Carlos Onetti y Gabriel García Márquez, Barcelona ca. 1980. Fotografía: Dolly Onetti 

Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto.

Faulkner, Faulkner. Yo he leído páginas de Faulkner que me han dado la sensación de que es inútil seguir escribiendo, ¿Para qué corno? Si él ya hizo todo. Es tan magnífico, tan perfecto …

Entonces se puede afirmar que la literatura es un gran plagio, incluso el amor y la vida misma también lo son. Según Emir Rodríguez Monegal, es con Onetti que el nuevo hombre latinoamericano se ve obligado a ingresar casi de golpe en una modernidad caótica, angustiosa, asumiendo el primer plano de la ficción. No hay que olvidar que su primera novela publicada “El pozo”, de corte existencial, fue escrita sin tener la influencia de los franceses Camus y Sartre, dato que resalta Vargas Llosa en la obra “El viaje a la ficción”.

Como ya se ha mencionado anteriormente, es con la publicación de “La vida breve” que se inicia la inmensa saga de Santa María, donde Juan María Brausen aparece como protagonista. Onetti logra una reinvención de este personaje para poder ingresarlo en un mundo paralelo donde es el creador de todo y de todos. Con este recurso narrativo, el escritor uruguayo logra un desdoblamiento fantástico, algo que también se puede encontrar en Jorge Luis Borges y Bioy Casares (si hablamos de escritores latinoamericanos). Brausen desaparece en las historias siguientes como narrador y personaje, para ser representado como dios o el fundador de la ciudad. Padre Brausen que estás en la nada …

Juan Carlos Onetti Jorge Luis Borges en Barcelona, 1978. Fotografía: Dolly Onetti 

La saga de Santa María es una cadena de historias entrecruzadas, desalineadas y atemporales. Para una mayor comprensión se recomienda seguir el siguiente orden de lectura de las novelas: La vida breve (1950), Juntacadáveres (1964), El astillero (1961), Para una tumba sin nombre (1959) y Dejemos hablar al viento (1979).

Los personajes aparecen y desaparecen en cada una de ellas, formando ciertas fisuras narrativas que buscan la complejidad de un argumento totalizante. Influencia total de Balzac.  Entre ellos tenemos a  Brausen, Díaz Grey, el boticario Barthé, Petrus, Jorge Malabia, Angélica Inés, Larsen, entre otros. Este último personaje, el más querido de la saga, aparece como un destello o una sombra fantasmagórica en La vida breve, para luego posicionarse como figura protagónica en Juntacadáveres y El astillero.

Cabe mencionar que esta última novela se le ocurrió de pronto a Onetti mientras caminaba por un pasillo de su apartamento. La imagen esencial era la muerte de Larsen, el macró duro y sentimental que llega a Santa María acompañado de mujeres poco agraciadas para establecer un prostíbulo, por ello la referencia de juntar cadáveres. Era irresistible el deseo de dejar de lado la novela que escribía en ese entonces, Juntacadáveres, para empezar a escribir El astillero, que marca la derrota y la muerte de Larsen.  Los críticos, y hasta el mismo Onetti, han señalado que esta acción interrumpe y debilita el ritmo y la fuerza de la primera.

Tan genial es Onetti, que hace que un personaje grotesco, cínico y fracasado como Larsen, sea poseedor de ternura y de bondad.  El caficho llega a Santa María no exclusivamente en busca de dinero, sino con el sueño de un prostíbulo propio y de la mujer perfecta para cada individuo. Finalmente termina convirtiéndose en una triste caricatura de sí mismo. Nada más onettiano que este antihéroe. Nada más onettiano que lo irónico y lo burlesco.

La ciudad mítica de Santa María es extraña y contradictoria, perturbadora y responsable del accionar de todos sus personajes. Es un laberinto moderno que posee una tragedia griega. Nadie puede escapar de su propio destino: cruel y desolador.

Como bien señala Ítalo Calvino:

Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos, de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas, y cada cosa esconda en otra.

Onetti no se sentía feliz en la ciudad en la que estaba viviendo, por ello imaginó una con la intención de fugarse y de existir en otro mundo donde sea posible no tener miedo. La ciudad de Santa María es una metáfora cruel y perturbadora de la vida misma. Él lo supo desde siempre, cuando era niño descubrió que todas las personas que quería se iban a morir algún día. 

Me acuerdo de que estaba en Buenos Aires, viviendo en la calle Independencia 858, y un día que me iba a mi trabajo y mientras caminaba por el corredor de mi apartamento, me cayó así, del cielo, La vida breve. Y la vi. Me puse a escribirla desesperadamente.

Es curiosa también la manera y las circunstancias que le permiten crear su primera novela, El pozo.  Esta nace en la desesperación por no poder fumar un fin de semana. En Buenos Aires habían decretado prohibido la venta de cigarrillos los sábados y domingos, por lo que Onetti compraba una mayor cantidad de cigarros los viernes para no verse afectado por tal absurdo decreto. Pero una semana se olvidó de comprar, y esa angustia por no fumar se tradujo en un cuento largo que fue la primera versión de El pozo, el cual nunca llegó a publicarse. Años después lo reescribiría a partir de los recuerdos y de nuevas angustias. El personaje ya mencionado, Eladio Linacero, es el antecedente de Juan María Brausen. Ambos se sitúan entre la realidad y la ficción, construyendo distintos espacios físicos y psicológicos para escapar de un presente adverso y agobiante. La fantasía es el único lugar posible para la reinvención de unas vidas tan miserables.

Juan Carlos Onetti. Fotografía: Dolly Onetti.

La figura inofensiva de Onetti, de culto y de silencios, se vio arrastrada por los escritores que representaban al mal llamado Boom latinoamericano. Mientras que estos se jactaban de escribir disciplinadamente día a día, el uruguayo confesaba que no tenía ningún método de trabajo, pues esto le hacía perder el interés en la escritura de una historia. Remarca que lo más importante que debe tener un escritor y su obra es la sinceridad. Las debilidades y fortalezas de una obra reflejan la personalidad de uno mismo.

El destino de los hombres es vivir una vida imperfecta, en especial los artistas. El único y verdadero fin de la existencia es el fracaso. Por ello la ciudad de Santa María termina incendiado por un loco, y con él, la literatura y el mundo entero. Eso nunca hemos de olvidar, querido Onetti.

BONUS TRACK:

1: Uno de los recuerdos más gratos de su infancia consistía en caminar por largos kilómetros hacia la casa de un familiar lejano para poder pedir prestado la colección de Fantomas. Siempre lo encontraba en una postura que muchos años después también adoptaría: el rostro hosco y desinteresado, tirado en la cama con el vientre desnudo, encima de este colocaba un platillo con una vela que se balanceaba en cada respiración, y con las manos extendidas sostenía un libro Cuando llegaba a su casa se encerraba en un gran ropero junto a su gato para leer.

2: En 1948 o 1949, ocurre un encuentro entre Onetti, Rodríguez Monegal y Borges en Buenos Aires. El autor de El astillero en todo el encuentro estaba callado, retraído y con la cara molesta. Atacaba de rato en rato con pequeños comentarios. La razón quizás era que él sí había leído a Borges, mientras este, posiblemente, nunca leería alguno de sus cuentos o novelas. Cuando terminó todo, Onetti se fue por su lado y Monegal acompañó a Borges a su apartamento. A la pregunta de qué le había parecido Onetti, Borges contestó que bien, agregando ¿Por qué habla como un compadrito italiano? Es en ese momento que Monegal se dio cuenta que Onetti estuvo toda la noche censurando a Borges, utilizando un acto fonético agresivo y agudo para personificar e imitar a Roberto Arlt, aquel escritor porteño contemporáneo que fue injustamente ignorado por una literatura elitista. Aquella noche, en que la literatura de Henry James fue el centro de atención, Onetti se las ingenió para que Arlt también estuviese presente.

3. Juan Carlos Onetti mantuvo una relación tumultuosa y paradójica con la poeta Idea Vilariño.  Él se casó cuatro veces, ella una. Cuentan que él le prepuso que se casaran, pero ella no aceptó. Sabía que la fama de mujeriego y difícil de Onetti iba a perjudicar su vida y escritura, no quería ser alguien sumisa para él. Cuando el novelista la conoció, estaba casado. Así que dejó a su tercera mujer, sin contemplaciones, para estar con la poeta. Y cuando mejor estaban los dos, decidió marcharse para poder casarse con Dorotea Muhr. Este largo adiós -Chandler- originó que Vilariño le escriba el siguiente poema:

Ya no será / ya no / no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa / no te tendré de noche/ no te besaré al irme/ nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros.

No llegaré a saber / por qué ni cómo nunca / ni si era de verdad / lo que dijiste que era / ni quién fuiste / ni qué fui para ti / ni cómo hubiera sido / vivir juntos / querernos /esperarnos /estar.

Ya no soy más que yo /para siempre y tú / ya / no serás para mí / más que tú. Ya no estás /en un día futuro / no sabré dónde vives / con quién /ni si te acuerdas. / No me abrazarás nunca como esa noche / nunca.

No volveré a tocarte. / No te veré morir.

4. Cuenta Eduardo Galeano que leyó a Onetti unas líneas de la novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo donde Arguedas menciona que quisiera ir a Montevideo para apretarle la mano con que escribe. Tras una breve simulación, un tajo de humedad atravesó la cara de Onetti.

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Cultura

La niñez contra la arena en la arena (o texto crítico sobre el poemario Los ojos contra la arena de Carlos Becerra (fuga en lila editores, 2006) por Julio Barco)

Julio Barco

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La poesía de Carlos Becerra me hace pensar en lo que una vez escribió José Carlos Mariátegui sobre la cualidad de honestidad que poseen los poemas de Vallejo; ese valor de honestidad, de ser uno consigo mismo y con el lenguaje proyecta una lectura cómoda y abre las posibilidades de entrar a su poemario Ojos contra la arena (fuga en lila editores, 2006) Este poemario, escrito en el 2006, no tiene una estructura compleja; solo tres partes (escritos serenamente tontos, ojos contra la arena, balbuceos de la hierba); lo novedoso es el tono de sus poemas; un tono bien logrado, que gusta por sus ritmos y colores, como también por los fondos, es decir, los pensamientos y críticas que logra. Veamos algunos versos subrayados:

He comenzado a regalar mis dientes para no reír
He perdido mi tiempo      Perdemos nuestro tiempo
En verles el trasero a las chicas cuando pasan bajo el sol
En adivinar lo que es la muerte
En escribir sobre las paredes Viva la Revolución (poema “la navidad es una borracha más” pág.37)

Como advierte el sonido mental de estos poemas, vemos una situación de desengaño con algunos ideales de juventud, un cierto desasosiego frente a la vida, su carnalidad y sus límites; salen del espacio del lenguaje banal para atomizarse en una música que es la voz misma; voz que al ser poesía, usa todos los elementos que puede para conferirse una identidad propia: mecanismo de entendimiento de la realidad y de asumir el ritmo interno; en esto Becerra es deudor de muchos poetas (Vallejo, JRR, Luis Hernández, Jaime Urco, Roxana Crisólogo, Monserrat Álvarez, Miguel Ildefonso…), es decir, poetas que conectan sabiamente su vida y dan una mirada desde sus problemas y conflictos propios hacia la totalidad del Orbe, esta singularización que no es del ego, sirve para distinguirse ante la tribu letrada, generando pues nuevos huacos retratos aunque no con arcilla sino con signos; es decir, y en otras palabras, quien lea a estos poetas no leerá aquel producto enlatado llamado en mayúscula Poesía o Poema sino una cartografía humana, que no niegue los registros mentales por temor a perder lo lírico; un espacio de conflicto entre los entendimientos poéticos pero también de trituración, mutación y creación de la lengua; así, estos poetas encuentran una identidad propia en su tono lírico. Hay, es verdad, otro ingrediente que despunta: el desosiego, el cuestionar las reglas con el fin de criticarlas, que es un síntoma de la niñez que perdura dentro del poeta, con la que explora su mundo:

Así la vidita en la pared rebotaría
Como pelota que ahora yace desinflada
Mejor es que duermas sobre tus rodillas raspadas
Y sueñes que el mundo
Es un gran dibujo animado sin colorear
Así perderías la ración de bombas
Y ya no ayudarías a buscar la vida
En algún cadáver de tu hermano
Mejor es jugar a la casita
Y juego a ser papi y llego temprano
Y mis pulmones son fuertes
Y mi hígado es un ángel recién nacido
Y le doy beso un beso a mi mami en su frente de estropajo
 Y ahora juego a ser mami y  te cuido
Y nunca te digo cuando seas grande
Tienes que coleccionar niñitas.(poema “realidad virtual” pág. 38)

Niñez como paraíso, como espacio ajeno a las reglas y morales impuestas y a las que el poeta se somete, infeliz de tener que participar en la maquinaria panóptica o en los desiertos de lo real, que hoy por hoy son hierba y agua de muchos; en ese canto coral de los sobrantes, en esa trinchera del desacuerdo, la niñez, su tesoro, permite abrir el campus universal de la palabra: el lenguaje, lejos de ser fiambre de presidentes y retórica de neurocientíficos, termina siendo el único y real documento humano para expresar nuestra singularidad de seres vivos y pensantes; el único juguete, pero un juguete que, en la adultez, tiene otro peso. Los diminutivos llamativos: “casita”, “vidita” permiten un lenguaje cariñoso, cercano, íntimo; ¿acaso no es la infancia también un espacio falaz donde terminamos por confundirnos con los otros? ¿acaso se borran las identidades mientras jugamos a escondernos y contamos cerrando los ojos pensando dónde encontrar ni bien termine el conteo? ¿acaso no prueba el juego el propio razonamiento de los poderes, no nos hace ver la fragilidad hercúlea sobre la que se sostienen las reglas y órdenes que las autoridades imponen? Quizá esto, aproxime la poesía de Becerra al éxtasis poético:

Casi medianoche
Ernesto encendidamente ebrio
Irrumpe en el bullicio cultural
Sólo desea seguir muriendo
Entre la oscuridad     algunos poemas
Junto a mí
Dulce anarquía. (Del poema “poema neto” dedicado al también poeta chiclayano Ernesto Zumarán, página 50)

Ojo que es un éxtasis que solo se observa de súbito, fresca rama del instante que tiembla en sus ojos; de la  como también fiel a su mente, fiel a una bitácora personal; como también se observa un registro muy cercano a Jaime Urco, que ganó hace algunos años el Watanabe con un poemario que maneja un tono parecido al de Becerra (y quiénes leyeron el poemario sabrán que esos poemas que hablan de los bares y del sentirse inútil ante la sociedad, tienen un reflejo que conecta con una voz que se piensa y reflexiona, que busca una lógica personal, que es provinciana y marginal); aunque en Becerra hay elementos también cercanos al destierro que sufre el ser humano en una época de cifras y dígitos, vacuas estadísticas e itinerarios plásticos; y de alejarnos de lo mítico para volver a los confines humanos, es decir, mamíferos, animales antropomorfos:

Tengo miedo de mí mismo
Un miedo circular cadavérico
Infinito mamíferos Dioses
Me ha cogido un miedo a ser animal. (Del poema “Sentado viendo girar las ruedas” pág. 14)

Como también crítica a la sociedad repleta de pantallas:

En mi casa
El televisor es como un condón
Donde ahogo mis sentidos
Que están hartos
De las santas inquisiciones de mi madre
Y más hartos
De los holocaustos de la cocina
Me levanto y en fila las cucarachas hechas polvo
Como el mueble que soporta mi peso nuclear
Me siento con las carcajadas de la tele hechas leña
Y comienzo a moverme za za za   pla   pla   pla
La mente en su salsa y yo uhm uhm uhm
Ajusto la antena que me recuerda tus senos
Subo el volumen que me recuerda tu clímax

En mi casa todos tienen su televisor

                                             za  za  za (Del poema ensayo filosófico de 14 pulgadas)

Por otro lado, el sentimiento de la infancia embalsama la mirada tierna y frágil, inútil y en altibajos de euforia, confiriendo un reflejo donde reverberan emociones personales, que son parte de la cotidianidad de estos tiempos; el poema que lleva el nombre del poemario “ojos contra la arena”, con epígrafe de Cernuda (“Me cansa la vana tarea de las palabras…”) es también un paroxismo personal que nos expresa los elementos de su poética; el asalto de una realidad áspera:

Ah conque eres poeta   pobrecito   vete a otro lado
Ah conque eres soñador    el mundo es un disparate date cuenta
Entonces las hojas en blanco se sucedían unas tras otras
Palabras que papi nunca le dijo a mami porque ya era tarde
Siempre es tarde para que yo pueda decir algo a mami
El sol vuelve a salir cuando le doy la vuelta
                    al rodillo de la máquina de escribir. (Del poema ojos contra la arena, página 46)

Como nos recuerda Rubén Darío en el cuento El rey burgués escrito en 1888 en el libro Azul, el poeta es un marginado de la modernidad burguesa, un ser que perdiendo toda autoridad por su inutilidad ante el artificio de la Máquina de Consumo tiene que lidiar en el jardín con los filósofos y otros animales que decoran la Casa del Poder; por ende, para la mente de la modernidad dedicarse a la poesía como centro es un acto de locura o que puede causar hasta vergüenza; lo curioso es que este pensamiento predomina más en las sociedades plásticas del neoliberalismo, el mismo que el autor de Cantos de vida y esperanza crítico en su tiempo, cuando ya era un poder naciente. De Darío, también Becerra comparte es nervio ardiente llamado miedo a morir:

Tengo que morir
Le digo a mami       a los amigos
A mi familia     a la noche y su locura de estrellas
Pero no me entienden
Tengo que morir
Me digo cada amanecer frente al espejo
Y no me entiendo (Del poema “poema light”)

¿Se acuerdan del poema Lo Fatal? Cito: Dichoso el árbol que es apenas sensitivo…

En el mejor de los casos la poesía de Becerra nos recuerda esta carnalidad del ahora, que la poesía es crítica, y es un uso personal y propio; rica en usar registros propios y sabores locales, sin miedo a ser ridículo por su honestidad y encontrando un espacio singular dentro del arte peruano, que es muy vasto; no es lírica hipócrita ante el materialismo dominante (como tampoco lo fueron Quevedo, Pound, Verástegui), todo ello, me hace pensar que este primer trabajo, escrito según el propio autor en los noventas aunque editado en este milenio, confirman el valor de esta entrega y nos hacen desear que el viento no borre estos ojos escritos en la arena. 

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