El día que mamá me llevó a conocer a Fujimori

Mi mamá ha sido de todo, comunicadora social, marchante y curadora de arte, y hasta activista de derechas (sí, eso último existe aunque no lo creas amigo caviar); pero especialmente ha sido una cosa, algo que la define políticamente: una antifujimorista radical. Esto es un homenaje a Dina, lo mejor de nuestra Derecha.

 

POR QUÉ SOY COMO SOY

En 1994 nosotros ya éramos pobres, bien pobres, pero en 1990 no éramos tan pobres, llegábamos a pre-prósperos. Mi madre había comenzado una accidentada vida de activista cuando en 1987 fue por primera vez a una marcha y un mitin político, la marcha contra la estatización de la banca en la Plaza San Martín (el  point y sancta sanctorum de los mítines de la derecha de entonces, no en vano el Club Nacional está al frente), aquella histórica concentración en que Vargas Llosa emergió como figura política (antes de eso, pocos sabían quién era Varguitas) la convenció de la dirección a donde apuntaba la Historia. Eran los ochentas de apagones, generadores y olor a cuero negro y nadie sospechaba de un chinito anémico con cara de monse buena gente que  asomaba por la esquina de la década montado en un tractor. Nadie lo vio venir.

Y el chino monse, un perfecto desconocido le ganó al intelectual honesto y preparado, al escritor peruano más famoso y mejor cotizado (sorry Ramón Ribeyro), al que no le importó confesar en el debate que él había lanzado (la weed) y que iba a privatizar las empresas estatales (así, tal cual, sin anestesia). El pueblo en su infinita ignorancia (o terquedad, yo ya no sé cuál) prefirió al outsider, y lo que ganamos fueron diez años de FUJIMORATO.

Me gusta pensar, porque no tengo memoria de ello, que apenas  ganó Fujimori las elecciones, mi madre, conociéndola debió decir algo así como: “Es suficiente. Al Carajo con Perú, Nos vamos a Costa Rica”. Bueno, bueno, puede que este  exagerando, pero podría jurar que así debió ser dentro suyo vivir tan ofensiva derrota. Como sea, nos fuimos del país un breve tiempo y allí aprendí dos cosas importantes: la primera, que cuando hay un apagón y estallidos en la noche, no se trata de un coche bomba, sino de una tormenta eléctrica; y la segunda, si quieres saber cómo es un asiático latino solo debes ver una foto  del presidente del Perú.

Cuando volvimos el terrorismo menguaba, la economía se estaba saneando, y francamente hasta  a mí me caía bien el chino (vamos, hacia hasta chistes, y no se acomplejaba con las imitaciones que le hacían, más de una vez salía con una yuca en la mano y todos se reían no de él, sino con él), pero a mi mamá no.

AMARILLO SIMPSON

En 1994 mi mamá y yo estábamos veraneando en Ica. Mucho sol y mucha gente morena, recuerdo haberme gastado la mitad del presupuesto en helados y donde estábamos hospedados no había tele, así que la sufrí sin poder ver 3×3 y Súper Campeones (que recién emitían por primera vez). El primer día nos sorprendió que la Plaza de Armas estuviese casi desierta y cuando nos hacíamos una foto vimos pasar raudo a Fujimori de pie sobre un camión mediano saludando a los pocos que asomábamos por aquel lugar a esa hora.

No recuerdo haberlo saludado, y menos mi madre que  fácil arrugó el ceño. Todo fue muy rápido, apenas lo vi como una forma, como cuando tomas una foto en movimiento y te sale borrosa. Iba escoltado por varias patrullas motorizadas y escoltas corriendo a pie. Y ningún público. A los cinco minutos de la nada nos sobrecogió una multitud que llegó corriendo hasta colmar la plaza mientras la atravesaba a toda velocidad. Eran los estudiantes de la universidad pública de la ciudad y que iban en persecución de Fujimori para protestarle no sé qué. Eran muchos, todos jóvenes, en su mayoría hombres.

Era gracioso pensar en el centro del espectáculo saludando a una plaza vacía, mientras su público, lo perseguía a pie para pifiarle desde bastante atrás sin darle caña. En resumen el espectáculo escapando del público.  Ese fue mi primer día en Ica y el único memorable que puedo plasmar aquí, algo más pasó, pero es cosa mía que solo saben Ares y Holly.

El último día Dios me tenía deparada una sorpresa. Todo se dio de manera tan inesperada como surrealista. Estábamos mamá y yo explorando las últimas horas de nuestra estadía en esa pequeña ciudad cuando de repente vimos varias unidades de policía, patrullas y jeeps del Ejercito estacionadas por aquí y allá, a veces eran motos, otras  policías de a pie, pero siempre estacionados, mirando, observado, controlando.

A medida que avanzábamos, sin comprender veíamos como la seguridad se redoblaba, en ningún momento nos impedían el paso, no comprendo por qué. A  nosotros, una madre y su pequeño hijo nos dejaban pasar como si de sombras se tratara. Finalmente. llegamos volteando una esquina al centro de todo ello, un hotel de turistas, y en la puerta, saliendo de allí colmado de cámaras de TV, enjambres de fotógrafos y otra muchedumbre de niños locales sonrientes, vimos al objeto del odio político de mi madre, Alberto Fujimori.

Y como no podía ser de otra manera, que por algo era niño, teniendo a una celebridad de la TV (como así consideraba entonces al chino, ese simpático  hombrecillo con ojos rasgados que se ponía poncho y chullo y hacia chistes en las ruedas de prensa) le insistí tanto  a mi mamá para acercarnos y poder ver más de cerca al chino, el primer famoso que conocía, y mi madre no le quedó otra que aceptar. Así que  me metí entre todo ese anillo concéntrico de seres humanos, pero yo era muy chico como para acercarme hasta el Chino, no obstante yo quería ver al Chino, estar cerca, verlo a la cara y quizás hasta darle la mano.

Como era pequeño me metí por debajo, atravesando las piernas de los policías y de los reporteros, desconectando cables de micrófonos y enredando los de las acamaras que seguramente trasmitían vía satélite. Para cuando por fin pude emerger de nuevo estaba en medio de algo, pero no sabía que. Me encontraba apretado, rodeado  de adultos que ni me veían ni hacían caso, todo era tan incómodo, escuchaba a alguien  hablar entre serio y sonriente. Un hombre parado al frente mío de espaldas, ese era todo mi panorama, un hombre de pantalón negro y en camisa blanca de espaldas, un hombre flaco y de espalda estrecha, un cuerpo que acababa coronada en una cabeza de pelo negro reluciente.  Y luego… No sé.

No sé por qué lo hice, aún ahora me lo pregunto y no sé responderme. Pero  de la nada sentí el impulso de meter mi mano en el bolsillo trasero del pantalón de aquel hombre, mi pequeña mano allí buscando no sé qué. Al instante se dio cuenta, el hombre volteó y me miró con temor y sorpresa. Unos ojos rasgados debajo de unos lentes grandes, una boca como una línea retorcida, su cara limpia de arrugas me recordaban a una chuleta, era toda amarilla.

Jamás en mi vida había visto un chino en persona, se veía tan amarillo que parecía que padeciera de paludismo o algo peor, era la persona más amarilla que había visto y lo seguía siendo hasta ahora, un amarillo Homero Simpson. Fujimori me vio, se quedó mudo un rato viéndome sin saber cómo reaccionar y atrás suyo  la prensa, toda la prensa mirando, la cara de un edecán pintada de terror, como si yo, una sorpresa entrometida, fuese ensimismo un bomba de hidrógeno a punto de estallar.

Fue un instante tenso que el chino supo arreglar con una rápida sonrisa seguida de una risa y quizá un chiste que no recuerdo. De inmediato toda la atención volvió a  centrarse en él, y yo  quedaba al margen de la atención periodística, momento que de  inmediato  Seguridad del Estado aprovechó para cogerme del brazo y sacarme de allí.

DE REPENTE LA CATÁSTROFE SE ASOMÓ CON UNIFORME Y GALONES

De repente me vi rodeado de adultos, uniformados unos,  en traje otros, una pared de adultos de cara enojada y  bonitas pistolas sobre las fundas que ornamentaban sus amplias cinturas. ¿Qué hacías ahí? ¿Qué hacías metiéndole la mano al presidente? ¿Quién eres? ¿Quién te mando? ¿Qué querías meter en su bolsillo? Y todo mientras rebuscaba mis bolsillos, como si llevara un arma o algo peor. Pero nadie preguntó lo obvio, dónde estaba mi mamá.

Fue poco tiempo, apenas unos minutos  mirándome, demasiadas miradas duele, y peor para mí que era niño rodeado de adultos, demasiados adultos, de esa clase de adultos que intimidan a los otros adultos y todos preguntándome a la vez con cara de desconcierto y nerviosismo. Un niño en cosa de adultos, así me sentía, todo se había vuelto dramáticamente serio y no era divertido.

Y entonces pensé como un adulto, recordé todos los noticiarios de la noche de PRIMERA PLANA y 24 HORAS y 90 SEGUNDOS. Y de frente se me vinieron a la cabeza todas las pesadillas ligeras propias de una pantalla de 14 pulgadas marca NATIONAL. Desde tentativa de magnicidio en modo de kamikaze terrorista, hasta agente de tocamientos indebidos (un niño manoseando un adulto). Y conforme al pensamiento de un adulto medité sobre las consecuencias (por primera vez pensé seriamente en mi futuro, y no me gustó). Recordé que mamá decía que  el chino era un dictador y sanguinario, rememoré el Grupo Colina, los rumores de desaparecidos, me imaginé en la Base Naval junto al presidente Gonzalo, condenado a  cadena perpetua por una sala de Jueces Sin Rostro y yo intentando apelar a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en vano, porque Fujimori nos había retirado de la Corte. Y entonces sentí miedo. Y entonces llegó mamá.

Mi madre se explicó con los policías y varios militares de galones en los hombros, adultos importantes que olían a plomo. Mi mamá les habló primero gentilmente y luego con voz de mando. No insistieron mucho, igual yo solo tenía ocho años y me dejaron ir con mi mamá. Fujimori ya se había ido y con él las cámaras. Todo fu tan rápido, no sé si salí en la televisión, tal vez Claudia Doig o Pablo Cateriano habrán mencionado  algo del incidente en el Noticiario del canal 4, me imagino algo así como “ocurrente niño mete mano a presidente y este responde con un chiste verde”.

Mi mamá no se inmutó y aunque a veces cuenta la anécdota de modo divertido, creo que cuando lo vivimos no lo disfruto nada, más bien, sintió las consecuencias de  mi ocurrencia como el frio helar de una navaja en el cuello. Sospecho que también tenía miedo, como si de repente yo le hubiera jalado la cola al Dragón y este en su voracidad se percatara que existo. Alguien dijo, digamos que es Borges, que cuando el Poder te ve, el Peligro te apunta.

Cuando pienso en esto de como conocí  a Fujimori, a quien declaró bajo juramento jamás  haber vuelto a ver (ni tocar) me pongo a pensar por qué busqué en su bolsillo trasero, y por más que pienso no encuentro razón como tampoco recuerdo de que  hallaron mis dedos en ese bolsillo, n recuerdo si acaso pude robar algo de allí. No quiero pensar que a partir de aquel hecho  el Chino quedase traumado de por vida, y fuese ese inocente hecho el detonante de que abandonase un honrado ejercicio de violador de DD.HH. para empezar su carrera de megacorrupto saqueador del erario público.

Quizá yo tenga algo de culpa como todos los que le votaron y  votan hoy a su hija. Como sea, 1994 fue mi año COLOR AMARILLO SIMPSON y año en que mamá demostró tener más poderes que la OEA. Como sea, cuando eres niño no hay mal que no pueda ser conjurado por mamá. Hay algo como Dios en ella que te salva apenas invocando su autoridad. Miedo, Mal y Mamá empiezan con M, por algo será.

Gracias Mamá por no dejarme solo en la oscuridad.

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HANS HERRERA NÚÑEZ. (Lima, 1985). Vivió parte de infancia en Costa Rica, de regreso a Perú estudio Derecho en la Garcilaso y luego literatura. Se especializa en la obra de Roberto Bolaño y Chesterton. Ha colaborado con Dedo Medio y actualmente escribe en Lima Gris. También co-conductor del programa en radio Lima Gris de "Mirada Critica". Además ha aparecido en el celebrada película de ficción de Gustavo Meza, "Ciudad Ausente" (2015).

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