“Maten al apostador”: The Killing of a Chinese Bookie (1976)

The Killing of a Chinese Bookie (1976) de John Cassavetes, es una obra de cruce entre varios géneros: película de gánsteres, policial, drama, experimental, a ratos también parece un ejercicio de registro actoral y a su vez, un ensayo sobre la luz y la sombra.  Esta multiplicidad de códigos son articulados en la historia de Cosmo Vittelli (interpretado por Ben Gazzara), el dueño de un club nocturno, quien al no poder pagar sus deudas de juego a unos mafiosos, es obligado, como única salida, a eliminar al jefe chino de una pandilla que controla el tráfico de drogas de la costa oeste (California). A partir de ahí las cosas para Cosmo no serán las mismas, a pesar de los intentos por conservar su estilo de vida.

La película se sostiene en la actuación de Ben Gazzara. Cosmo será el protagonista de la mayoría de los planos, secundado por un variado y peculiar grupo de personajes que conforman no sólo el ambiente más amplio en el que transcurre la historia, sino digamos, el propio universo del protagonista. Porque los personajes, en particular las chicas del club y los que trabajan o se relacionan con el antro, parecen vivir dentro de la alocada vida de Cosmo, en sus imposturas, en los simulacros de su pretendida solvencia (bebiendo champán, yendo en limusinas con chofer incluido), en la manera sonriente y despreocupada en que maneja su negocio a punto de la ruina.

El club nocturno tiene un aire descuidado, deprimente, y puede verse algo sórdido. Sus desnudistas son como hermosos y coloridos maniquíes (la mujer negra, la rubia y la pelirroja), sobre un escenario pobremente decorado, casi minimalista. Junto a ellas, el presentador (Mr. Sophistication), realiza un melancólico acto, en el que pretende llevar imaginariamente al público por lugares fascinantes y así preparar el “ambiente” antes de los stripteases. Espacio decadente, del que, sin embargo, se rescata cierta dignidad, en la convicción con la que los involucrados hacen su trabajo, en el convencimiento de su “arte” y en las conversaciones en los camerinos que tienen acerca del futuro y la marcha del negocio. Durante esas secuencias, vemos a Cosmo apoyar a los personajes del club, construir su confianza –aunque pierda la de su novia Rachel-, hacer de cuenta que todo irá bien o que él puede encargarse, a pesar de los problemas económicos que todos los empleados conocen. (La intervención de los mafiosos y el asesinato del chino, desestabilizarán esta situación, de por sí precaria).

Los elementos del género policial en el filme se encuentran modificados, o más bien resignificados. Obligado por los gánsteres a liquidar al traficante chino, Cosmo cumple su papel con regular pericia –de pasada nos enteramos que es un veterano de guerra. Luego ordenan su eliminación. Aparte de las secuencias usuales del género (reuniones en garitos, confabulaciones, traiciones, asesinatos), vemos cómo el ritmo de la acción se estira en los momentos de frenesí, dejando una sensación de aplazamiento, en donde la tensión del protagonista es más significativa que la resolución del acto, la muerte, que tiende a evadirse, a no mostrarse. Así también, el larguísimo espacio recorrido –“para llegar a” o “huir de”-, asemeja los recovecos y las profundidades psíquicas por las que una decisión pasa cuando es extrema o involucra, digamos, el riesgo de la propia vida. Como en la persecución en el edificio abandonado, cuando el sicario pierde de vista a Cosmo y nosotros también lo perdemos. Los constantes desplazamientos de la cámara por una serie de corredores, fondos de salones oscuros, escaleras apenas iluminadas, sin la presencia del perseguido, desorienta la visión, desconcierta –o eso leemos-, y sólo el sonido de los disparos del perseguidor y algún otro ruido que asumimos sería el de Cosmo, nos devuelve a la acción que se trata. En el momento de ese “vacío”, de no saber qué sucederá, nos trasladamos a la vivencia subjetiva del protagonista, a la falta de garantías, materializada en esa suerte de huida por oscuros laberintos. (Algo similar se observa en el extenso rodeo que realiza el protagonista para entrar y salir de la mansión del chino).

En términos de luz, el filme de Cassavetes es más bien opaco. Desde la pobre iluminación de las habitaciones y salas, hasta las penumbras de los espectáculos nocturnos (y en el extremo, la oscuridad de la acción y la violencia), el uso de la luz resalta los claroscuros de unos ambientes en los que difícilmente algo se destaque, dejando entrever una profunda ambigüedad. Sólo en algunos primeros planos –y en planos medios y americanos-, los rostros son atravesados por un resplandor que los oculta o que desdibuja sus gestos con una luminosidad cegadora. En ese procedimiento, las figuras-personajes remarcan su decadencia, pero también muestran otras cualidades, como si el brillo les otorgara una nueva presencia, y entonces reconocemos la trágica belleza de las divas del club (en particular la de Rachel) o el tesón de Cosmo.

Fuera de estos momentos de iluminación, vemos además a los personajes interactuando en su día a día, seguidos por una cámara que trata de mantener un registro desdramatizado. Junto a ese nivel narrativo, la película estructura otro en el que la tensión de las amenazas parece avanzar de forma paralela, sin llegar a tocarse del todo. (La excepción sería el momento en que la madre de Rachel descubre los peligros a los que podría estar expuesta su hija. Ofuscada, le pide a Cosmo que no vuelva a buscar a Rachel, pues ella dejará el club).

En la ficción, Cosmo funciona como sostén imaginario del mundo del club nocturno. Hace lo que puede y lo que debe, en una suerte de ética personal que no renuncia a sí mismo, que da pelea, aunque no tenga posibilidades. Quizás por ello, al final, a pesar de estar herido y desangrándose, se da maña para hablar al público antes del espectáculo –casi un discurso de despedida en el que también explica la ausencia de una de sus bailarinas. Luego lo vemos irse a la calle solo. No presenciaremos su muerte, sólo a él de pie, esperando o tomándose un respiro. Y a continuación, la pantalla se dividirá y aparecerán los créditos finales.

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Rodolfo Ernesto Acevedo. (Lima, 1977) Es escritor y sociólogo.

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