HOMENAJE A LOS 100 AÑOS DEL BAILE DE LA RUSA NORKA ROUSKAYA EN EL CEMENTERIO “PRESBÍTERO MAESTRO”

Hace varios años que teníamos pendiente un trabajo conjunto con mi cómplice argentina, la performer y poeta, Sofía Lino. Después de diversas fallidas intentonas, esta vez sí se pudo concretar. Y aquí está el homenaje adelantado a los cien años del baile de la rusa Norka Rouskaya en el cementerio Presbítero Maestro, en 1917, que en realidad fue una emulación al baile y los desafíos que se planteaba la bailarina norteamericana Isadora Duncan que en 1916, entre otros actos, había bailado semidesnuda en el Père-Lachaise de París y también, cuando estuvo en Sudamérica,  danzó el himno nacional argentino cubierta solo por una bandera.

Pero esta vez, la Rouskaya al lado del grupo Colónida, e instigados por J.C. Mariátegui, irían a tomar por asalto “la casa de los muertos” (JCM dixit) para otorgarle una vida eterna, un aire gótico de postmodernidad y de épater le bourgeois a la república aristocrática del Perú del novecientos.

Hoy se cierra el ciclo con esta tremenda danza poética de Sofía Lino en homenaje al grupo literario más importante de nuestro país que también tuvo a Abraham Valdelomar, a Percy Gibson y a Federico More a la cabeza. Felizmente sorteamos todos los obstáculos que se presentaron (empezando con ese sonsonete de “¿A quién viene a visitar?…”, pregunta del vigilante cementérico ante las rejas custodiadas, como si se tratara de un resort).

Más no pudimos pasar la voz a todos los amigos que nos escribieron y nos llamaron por teléfono. Esperamos que nos dispensen. (Y ojalá se dé otra oportunidad). A veces es necesario irrumpir, cruzar los semáforos en rojo y no hacer caso a las autoridades que no entienden que el arte está, como decía Nietzsche, más allá del bien y del mal; y, también, cómo no, más allá de la vida o de la muerte. Por eso, el permiso –como nos aconsejaron varios “escritores andinos”– fue pedido a los mismos muertos, previo “pago a la tierra”.

Finalmente, aquí están las primeras imágenes de un posible anteparaíso donde un cuerpo pintado de poemas nos acerca al cielo. No hay eros ni tánatos solo poesía pura: la de Sofía Lino y la de este humilde servidor que funge también de fotógrafo.

Mientras tanto, vamos preparando un álbum completo con todos los registros y un vídeo al son de la Marcha Fúnebre de Chopin.

Quedan servidos.

PD1: Sobre el escándalo de Rouskaya existe un libro del peruanista William W. Stein titulado Mariátegui y Norka Rouskaya (Amauta, Lima, 1989), el mismo que fue revisado y editado en inglés bajo el título: José Carlos Mariátegui and the Lima Scandal of 1917 (University Press, New York, 1997).

PD2: El baile de la Rouskaya solo duró un minuto, hecho que hemos respetado, tal y como consta en el vídeo de próxima publicación.

PD3: J.C. Mariátegui dice que no se acuerda si él (u otro amigo) fue el que propuso la visita al cementerio y el posterior baile. Pero lo cierto es que Mariátegui ya le había hecho la misma propuesta a otra bailarina que estuvo por Lima en esos años, la española Carmen Tórtola, quien se excusó diciendo que ya tenía una agenda apretada y que si retornaba de viaje, haría el baile. Cabe anotar que Tórtola era reconocida y admirada por otros intelectuales y escritores como Pío Baroja, Valle-Inclán, Jacinto Benavente y Gregorio Marañón.

PD4: En la foto original donde sale J.C. Mariátegui con Norka Rouskaya, también sale Luis Alberto Sánchez y Abraham Valdelomar.  Mariátegui tenía 23 años, Sánchez 17 y Valdelomar 30.

PD5: Nota de El Comercio que da cuenta de este escándalo.

El Comercio, 6 de noviembre de 1917

Durante todo el día de ayer ha sido motivo de comentarios el hecho realizado en la madrugada de este mismo día, en que la bailarina Norka Rouskaya acompañada de su madre y de un grupo de jóvenes, fue al cementerio con el objeto de ejecutar una de sus danzas. El hecho propalado por los diarios, halló eco, como se verá en la sección respectiva, dentro de las cámaras legislativas, y fue luego el tema de los corrillos que, al atardecer, se forman en las calles centrales, dando lugar a vivas discusiones, pues mientras unos calificaban duramente el suceso, no faltaba, también, quienes procuraran cohonestarlo, aduciendo razones de inspiración artística y citando los casos ocurridos en París y Madrid con Isadora Duncan y Tórtola Valencia.

En nuestra edición anterior, alcanzamos a dar cuenta a nuestros lectores de que parte de las personas que concurrieron en la madrugada al cementerio en compañía de la Rouskaya, se hallaba detenida en la intendencia de policía, con el objeto de que se hicieran las averiguaciones del caso.

Según los informes que hemos obtenido, las personas a quienes el prefecto, coronel Arenas, encontró en compañía de Norka, cuando fue al cementerio y cuya presencia en ese lugar ha podido comprobarse, son las siguientes, aparte de la citada bailarina y su señora madre: José Carlos Mariátegui, César Falcón, J. Varas, el violinista señor Cáceres, Sebastián Lorente y Guillermo Angulo y Puente Arnao.

En la tarde de ayer se hallaban en la intendencia los cuatro primeros caballeros que citamos. El prefecto, coronel Arenas, hizo, según nos ha dicho, cuanto le era posible para conseguir que el juez de turno, doctor Cebrián, acudiera a tomar la instructiva a esas personas; pero tal cosa no pudo, sin embargo, efectuarse porque dicho juez se hallaba, según nos manifestó, ocupado en otros asuntos de su ministerio.

En vista de esto, se dispuso que fueran remitidas a la cárcel las personas a quienes se había detenido.

Efectivamente, poco después de las cinco de la tarde, en el automóvil de placa número 42, fueron conducidos a ese establecimiento penal los cuatro jóvenes cuyos nombres dejamos apuntados. Momentos después, la bailarina Norka Rouskaya y su madre eran conducidas también a la cárcel de Santo Tomás.

Los miembros de la sociedad de beneficencia pública se reunieron en la tarde de ayer y, en vista de lo ocurrido, acordaron, según se nos informa, la separación de los empleados que acompañaron a la Rouskaya en su excursión al cementerio.

En las últimas horas de la noche de ayer supimos que el juez, doctor Cebrián, se hallaba tomando las declaraciones instructivas a los detenidos, y poco después pudimos comprobar el hecho.

El doctor Cebrián estuvo, primero en la cárcel de Santo Tomás, donde recibió la declaración de Norka Rouskaya y de la madre de esta artista, trasladándose luego a Guadalupe, lugar en que prestaron su instructiva los señores Mariátegui y Falcón.

Eran las doce de la noche cuando terminó este último su declaración, y el juez se retiró manifestando que se hallaba fatigado y que terminaría su labor en la mañana de hoy.

Todos los detenidos continúan incomunicados.

PD6: Fragmento del artículo El asunto de Norka Rouskaya, escrito por J.C. Mariátegui. Publicado el 10 de noviembre 1917 en el diario El Tiempo.

Palabras de justificación y de defensa Nuestro compañero de redacción José Carlos Mariátegui, cuya intervención en el ruidoso asunto de la visita de Norka Rouskaya al Cementerio que ha motivado tantas exageraciones es conocida, ha querido esperar que se tranquilizase y serenase el ánimo público, transitoriamente agitado, para hacer una exposición ligera de la verdad que pusiese a cubierto de interpretaciones equivocadas su actuación en estos acontecimientos. El propósito de Mariátegui es el de justificarse totalmente ante el público limeño cuya estimación ha merecido siempre. Por lo demás, confía, como todos, en la austeridad del fallo de la justicia. (Nota. Palabras del Editor de El Tiempo)

Mi frase cristiana y humilde, mi frase que jamás ultrajó a los perseguidos, mi frase que jamás soliviantó a las muchedumbres, mi frase que jamás tuvo entonación de vituperio ni de contumelia, mi frase que jamás fue perro de presa ni mucho menos gozquecillo, mi frase que jamás mancilló las honras ni lastimó las conciencias, mi frase que jamás negó su socorro a los desgraciados y a los pecadores, mi frase que jamás ofendió el nombre de Dios y que siempre hizo de él alabanza, mi frase llama en estos momentos a las puertas de todos los espíritus buenos, todos los espíritus comprensivos, de todos los espíritus generosos para que que la escuchen y la crean.

Yo sé que esta es una ciudad noble que no tiene la culpa de que su atmósfera sea tan enrarecida, ni de que su cielo sea tan neblinoso, ni de que su panorama sea tan gris, ni de que sea tanto su desabrimiento, ni de que sea tan grande su tristeza. Es la ciudad alegre y confiada que se pone a veces aprensiva y nerviosa, pero que sabe asimismo mirar a sus hijos con ojos de piedad, de perdón de ternura. Su ánima se asemeja al ánimo de un viejo hidalgo que vive gustoso unas veces y malcontento otras, gobernado por el apego a sus tradiciones, el arrullo de sus consejas, la memoria de sus hazañas, la religión de sus mayores y el elogio de sus santos varones y de sus santas mujeres para quienes guardan el fervor de sus novenas, rezos, procesiones, veladas y otros festejos y ceremonias. Ánima de hijodalgo, arrinconada y seca, enemiga de la idea del extranjero aunque imitadora de su usanza, de su modal y de su ultraje. Ánima que acabo de ver cejijunta y hosca momentáneamente e inmotivadamente.

Voy a decirle a esta ciudad porque sé que me hará la gracia de oírme y de bienjuzgarme, que la han engañado las gentes asustadizas y visionarias que le dijeron que Norka Rouskaya profanó el Cementerio de Lima delante de los ojos atrevidos de unos cuantos osados que allí la llevamos según ellos con mala intención y mórbido sentimiento. Yo le juro a la ciudad, por el santo nombre de Dios que ha sido constantemente mi escudo, mi broquel, mi bandera, que es la verdad la que estas palabras contienen.

Y le pido que recuerde que yo he hecho más de una vez alarde de mi cristianismo, que he escrito versos místicos en el convento de los Descalzos a donde me condujo el móvil mismo de especulación estética que condujo al Panteón, que he enaltecido el Romanticismo aromoso de la procesión tradicional del Señor de los Milagros en una prosa premiada por la Municipalidad de Lima, que me he matriculado en la Universidad Católica para instruirme en el latín, que es la lengua que poseen los doctores de la Iglesia, así como en la filosofía escolástica, y que nunca he pronunciado palabra adversa a las enseñanzas en que fui criado en mi hogar católico. Pienso que estos antecedentes son bastantes para que no se mire en mi protervo ni un desalmado poseído por el demonio, venido de un aquelarre y necesitado de asperges de agua bendita, de exorcismo o de conjuros.

Así fue concebida la visita al Cementerio

 

En el cuarto de Norka Rouskaya, que es una criatura de espíritu cristalino, limpio y de precioso corazón, nos habíamos juntado en la tarde del viernes algunos contados amigos suyos. Hablando del Camposanto, de la muerte y del misterio, de todas esas cosas que a los artistas suelen interesarnos hasta cuando bebemos un cocktail y chupamos caramelo, dimos en conversar sobre el Panteón de Lima y de su mucha y justa fama. No me acuerdo si fui yo o si fue un amigo -tan inteligente que no aspira a hacerse escritor-, quien dijo que sería muy hermoso que visitáramos de noche el renombrado Panteón. Tan sólo sé que Norka Rouskaya y yo nos enamoramos de esta idea.

Y contraje el compromiso de organizar la aventura gestionando previamente el permiso de que hubiéramos menester. En este periódico ha sido narrado ya el proceso de la organización de la aventura con tanta verdad que siendo inútil repetirlo y aun añadir detalle. Expresaré únicamente que si el Inspector de Beneficencia no nos hubiera consentido ir al Cementerio, nosotros, apenados y doloridos, nos habríamos resignado con su voluntad. Y agregaré que si bien no le avisé al Inspector que Norka Rouskaya iba a interpretar la Marcha Fúnebre de Chopin en el Panteón -propósito que surgió con posterioridad a la conversación del viernes-, sí le advertí el deseo de que la artista se fundaba en un capricho o una excentricidad muy propia de quien vivía ávida de sensaciones que perfeccionasen su connaturalización con el dolor y la tragedia.

Tanta reverencia y tanta pureza había en nuestro proyecto, tan divino halago nos daba la promesa de entrar a la casa de la muerte para que el arte de Norka Rouskaya y el arte de Chopin se concustanciasen y tan vehemente era nuestro anhelo de que nada nos turbase ni distrajese que convinimos en que no irían al Panteón sino las personas de la intimidad de Norka, a quienes ella señalase. Y cooperó al cumplimiento de este acuerdo la circunstancia de que fue sólo en los últimos momentos de la noche del domingo cuando Norka pudo elegir definitivamente a sus acompañantes. Si nuestra aventura hubiese tenido una fisonomía teatral, si hubiéramos sido esnobistas y “posseur”, si no hubiera habido sinceridad en nuestra idea, ¿no es cierto que habríamos ido al Camposanto con todas las personas que pretendieron unírsenos y que fueron muchas? ¿No es una prueba de religiosidad que había en la intención de Norka Rouskaya su deseo de que no se diese ruido ni sonoridad a la aventura? ¿No es también su afán de ir lo menos acompañada que fuera posible? ¿No lo es finalmente prescindencia de la compañía de varios artistas por ella muy merecidamente estimados?

Además poseemos otra prueba de la ausencia de cualquier móvil de escándalo o de reclamo. Está en nuestra decisión de no darle publicidad al suceso. Norka Rouskaya no quería sino que yo le escribiese una página en verso que ella se llevaría como un recuerdo de lo que el Cementerio de Lima había hecho para sentir el estremecimiento de una emoción desconocida y solemne.

Yo escribiré más tarde esta página

Estas palabras mías no son sino de defensa. No voy hablar del silencio y de la paz que sentimos enseñoreadas en la casa de la muerte. No voy a hablar de nuestra hallada y piadosa peregrinación a través de las sombrosas avenidas. No voy a hablar de la sensación que nos produjo el paso del cementerio nuevo al cementerio viejo donde sentimos un ambiente más severo, más lúgubre y más funerario.

No voy a hablar del momento en que sonó la música de Chopin, en que cesaron los graznidos, en que temblaron asustados los árboles flacos y genuflexos  y en que palpitó una angustia nueva en nuestros corazones. No voy a hablar de las actitudes imploradoras, afligidas, flébiles y sollozantes de Norka Rouskaya. No voy a hablar de la armonía trágica de su blanca túnica, de su cabellera suelta, de sus ojos lóbregos y de su gesto alucinado. No voy a hablar de su llanto ni de su amargura ni de las únicas palabras que pronunció para decirme cuánto nos habíamos acercado a la muerte y al misterio. No voy a hablar de nuestra salida del Panteón, tan triste, tan callada, tan inefable.

Más tarde, cuando me haya quedado a solas con el recuerdo de la noche maravillosa, yo escribiré la página que le he prometido a Norka Rouskaya, apuesta artista joven y bella, elegida por el destino para el regalo de las almas buenas y grandes.

Edicion fotografica: Sofia Lino y Lisette Crespo
sofialino.webs.com
sofialinoarte@gmail.com

About Rodolfo Ybarra 89 Articles
Rodolfo Ybarra. Ha estudiado matemática pura, física, electrónica y comunicaciones. Ha publicado una veintena de textos entre novelas, cuentos, poemarios y ensayos. Ha dirigido un programa de televisión de contracultura y política, y editado revistas y fanzines. Se expresa también vía el vídeo y la música. Desde el 2007 maneja el blog www.rodolfoybarra.blogspot.com.

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