Elle, de Paul Verhoeven (2016)

El director neerlandés en su primera película francesa, se mete con un tema endiabladamente espinoso, y sin ser demasiado profundo, da una buena pelea. Es la película más inteligente de este año estrenada comercialmente en nuestra miserable cartelera neoliberal.

Por qué Elle tendría que chocar. Será que la protagonista no sufre tanto -de la manera como el pensamiento de lo políticamente correcto espera o prescribe. Ante un hecho así de horrible, hay que sufrir proporcionalmente. No sufrir, lo que se debe sufrir, en estos casos, perturba. Sufrir menos, entonces, en este caso ¿va contra la moral, la lógica y sobre todo contra la verdad de quienes han sufrido esa experiencia? ¿O es solo una ficción no-realista? Un ego experimental, como diría Milan Kundera. O un glorioso híbrido de thriller y comedia. Con ganas de tensar ambigüedad. ¿Cuánto hay que sufrir? ¿O cuánto hay que evitarse el sufrimiento? ¿Qué se hace con el sufrimiento? ¿Adónde se lo lleva?

La cadena: a una violación, una venganza; se interrumpe. Imagínate esto: una violación que, ante la actitud (‘un nuevo tipo de personaje femenino’) del personaje violado, final, extrañamente, se diluye. Se transmuta. A ella, finalmente, le gusta el violador. Lo descubre después. Por eso: cambia el pasado. ¿La violación como un método algo rudo de seducción? Todos somos sociocultural y ontológicamente violados y violables. Pero algunos más que otros.

Recuerdo una película norteamericana que vi en la tele, siendo adolescente: el violador, un adolescente, a la salida, en los pasillos de la sala del juicio donde no sé si lo condenaron, creo que no, empieza a hablar no sé si por primera vez con la chica que ha violado, y de hecho, según recuerdo, ambos empiezan a coquetear. No recuerdo mucho más de la película. La escena me hizo reír y nunca pude del todo con ella. ¿Hubo acaso una especie de acuerdo inconsciente para escenificar una especie de obra teatral? Entonces. ¿Demasiado de nuestras vidas no pasa de ser una ficción social? Hasta qué extremos. ¿O es solo la enferma normalización de la violación como sacrosanto patrón social (‘si los hombres se embarazaran el aborto sería un sacramento’)? En mujeres y hombres: ¿qué tan real o importante o ‘estructurante’ será la fantasía de la violación? ¿O quien filmó esa escena era simplemente un misógino ingenioso contando un chiste?

Si se les da por comparar escenas o películas que traten de violaciones o reflexiones al respecto, Bad Lieutenant, de Abel Ferrara, es insuperable. La monja violada no denuncia a la policía lo que le han hecho, Los perdona. Dice haber visto el miedo en las caras de sus violadores. Los comprende mejor de los que ellos se comprenden a sí mismos. Su profunda bondad conmueve. La necesidad del amor y el perdón hacen de Ferrara un católico respetable. (Claro. No dejo de mirar la contraparte: de otro lado, es la ‘moral’ cristiana la que produce violadores en cantidades milagrosas…)

En La pianista, de Michael Haneke,  la premisa aparente es que ella es la enferma. Así que en un momento dado ella le entrega a él la lista de sus deseos masoquistas, con un componente de metáfora quiere que le hagan todas esas cosas, pero con amor, como me explicó alguien alguna vez, pero él se escandaliza y horroriza y luego se lo toma literalmente, la viola literalmente. Sin amor. Y él es por cierto el sano. Como diría algún psicólogo: no hay normalidad, hay una continuidad entre aquello que por prejuicio, temor, apresuramiento o comodidad llamamos lo normal y lo anormal.

Disfruto los cambios repentinos de tono emocional, la sucesión de las escenas, los apuntes rápidos y casi siempre precisos; los golpes de luz y de acción y movimiento que hay en ellas.

El personaje a cargo de Huppert (que no es psicologista) es muy atractivo, un ejemplo de psicología imaginaria, y también de anatomía psicológica, usando la terminología de Ortega y Gasset (en concordancia con el término ego experimental, que mencioné al principio de este artículo). Observo el virtuosismo de Huppert. Variaciones de matiz de color sobre el campo de sus operaciones actorales para engordar su rotunda gloria. Reconociendo a la vez que no es el tipo de actriz que tenga sexo real a diferencia de por ejemplo las dos chicas en Baise-moi, de Virginie Despentes. La suciedad controlada de Elle es claro, muy chic. Elle no es tan revulsiva como muchos creen… Dudo que a Verhoeven le torture particularmente la inexplicabilidad del mal, pero no dudo que se la pasó en grande. La idea de que la sexualidad es cómica (y con ella, el amor erótico) no es fácil de tragar, pero las pruebas están a la vista de cualquier observador. Así Verhoeven viola la mentira del lugar común.

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Mario Castro Cobos. Ha dirigido las revistas de cine Voyeur (2000) y Abre los ojos (2002-2003).Ha publicado críticas en Cronopia (1998), Butaca (2004-2008), Las sumas voces (2005), la revista chilena on-line Mabuse (2007-2008) y Diario 16 (2014). Desde el 2006 escribe en la revista Godard! y es editor del blog La cinefilia no es patriota. Ha trabajado como expositor y programador en los cineclubes del Museo del Banco Central de Reserva (1997-2003), la Universidad Nacional de Ingeniería (2007), la Biblioteca Nacional (1998), el Centro Cultural Arcais (1998-2003), la Universidad Científica del Sur (2006-2007), y desde el 2005 en la Universidad Cayetano Heredia. Ha sido fundador y director del Festival Internacional de Cine Lima Independiente. Prepara un libro con una selección de sus mejores críticas desde 1998 hasta la fecha a la vez que un libro de micro textos.

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