CUENTO: “Cuotas de Decencia” de Luis Humberto Moreno Córdova

CUOTAS DE DECENCIA

Escribe Luis Humberto Moreno Córdova


 

Ella seguía esperando que yo dijera algo, pero me sentía demasiado enfermo como para continuar la conversación. Sentí el vuelco de la borrachera en mi cuerpo. Mis manos empezaron a temblar, el corazón se me agitó y vi unas lucecitas revoloteando sobre ella, cayendo sobre su café. Los murmullos de las personas me aturdían, el ruido de la máquina de café me recordaba el chillido que produce un cuchillo al raspar el plato. Sentí náuseas y palidecí. Ella se incorporó. “Dios mío”, me dijo, mientras ponía su mano sobre mi frente y sentía el comienzo de mis espasmos. Era bella, con esas lucecitas alucinógenas rodeándola, como si fuera la virgen a punto de posar para la Pieta de Miguel Ángel. “Es que sufro del síndrome de Stendhal”, le dije, mientras perdía la conciencia. Sus ojos se doblegaron, no pudo evitar sonreír y dejó un beso breve sobre mis labios amoratados.

Me desmayé.

Desperté en una clínica. No tenía idea de cuántas horas había dormido, pero podía notar el sopor que produce el descanso excesivo. No me habían quitado la ropa y tenía una aguja clavada en mi brazo izquierdo con una sonda conectada a una bolsa de suero. A lo lejos había una ventana, no muy grande, cubierta por unas cortinas color rosa, por donde se colaba la luz de la calle. Vi una bandeja con instrumentos quirúrgicos, y deseé que no tuviera nada que ver conmigo. Me dieron ganas de orinar, por lo que decidí levantarme para buscar mis zapatos. Al hacerlo, sentí un vértigo terrible. Una enfermera gorda y vieja apareció. En su uniforme blanco llevaba el bordado de la Maison de Santé.

-¿Qué está haciendo?- me dijo mientras entraba a la habitación a toda carrera para sujetarme de los hombros.

Le dije que quería orinar y me contestó que traería un papagayo. Le dije que no había manera de que yo orinara así, que bastaba con que me ayudara a llegar al baño. La mujer gruñó de mala gana y se agachó a buscar mis zapatos. Caminamos hasta el baño. Yo empujaba el porta suero con una mano y me sostenía con la otra de la enfermera. El baño quedaba cerca, pero mi dificultad para andar hizo que el camino se volviera infinito.

-¿Qué me ha ocurrido? –le pregunté a la enfermera, a pesar de su cara de odio.

-El doctor del turno de noche hablará con usted –respondió, gruñendo-. Aunque uno de los doctores ya conversó con su novia.

-Ella no es mi novia –corregí. La enfermera volteó su cabeza y clavó sus ojos extrañados en mí.

-Ella dijo que era su novia.

-Le aseguro que no lo es –insistí.

-No sea mala gracia –me recriminó la enfermera-. No le haga perder el tiempo a esa pobre niña.

Quise añadir algo más, pero la enfermera abrió la puerta del baño y torció su cara. Mi vejiga estaba a punto de jugarme una mala pasada, así que me fui a orinar sin tener la última palabra.

Regresé a la cama sin ayuda de la enfermera, que al parecer se había marchado indignada por mi actitud. Al tratar de recostarme moví la aguja que tenía inserta en mi brazo y brotó un poco de sangre que se mezcló con el esparadrapo que sujetaba todo ese revoltijo clavado en mi piel. Intenté moverlo, pero solo conseguía hacerme más daño. Decidí retirar el esparadrapo y quitarme la aguja; ya no me sentía tan grave como para seguir con el suero, pero ella entró a la habitación. Me sorprendió verla.

-No te toques eso –me dijo. Si la memoria no me fallaba, no se había cambiado de ropa. Había comprado un sándwich y una gaseosa-. No puedo dejarte solo ni un minuto sin que te hagas daño.

La luz, a través de las cortinas rosas caía sobre su piel y le daba un tono pacífico a su cabello casi rojizo. Se acercó y me besó en la mejilla. –Buenos días- dijo, con una sonrisa plácida.

-¿Cuánto tiempo llevo aquí? –le pregunté-. Ella acarició mi cabello, se sentó a mi lado. Sus ojos miraban mi rostro con generosidad.

-Unas cuantas horas. Te desmayaste.

-Estábamos en el café…

-Me llamaste en la mañana. Dijiste que querías verme, decirme algo importante. Estabas muy ebrio.

-Y aun así fuiste a verme.

-Fui porque no sabía que más hacer para que te calmaras.

-Lo siento –le dije-. Debes irte. Voy a llamar a mi casa para que vengan por mí.

-Olvídalo –dijo ella-. De aquí nos vamos juntos. O nada.

Me dio un abrazo. Yo traté de corresponderle, pero el tubo de suero no me permitía. Me dio dos besos más en la mejilla.

-Pensé que te morirías –me dijo. Luego me dio un golpe en el hombro-. Me diste un buen susto.

-¿Tenias miedo que muriera? –le pregunté, sorprendido. Ella agachó la cerviz. Tomó mi mano. Me sentí contrariado, pero feliz. Noté sus ojos. Eran extraños, profundos, como nunca los había visto en mi vida. Volvimos a mirarnos. Parecíamos fundidos en una sola esencia, conectados. Ella mordió sus labios. Parecía buscar las palabras adecuadas.

-Me besaste –añadí.

Ella miró a un lado, soltó mi mano. Sentí que algo se había roto en el ambiente, como si la melodía que hilaba nuestras miradas se cortara de improviso.

Un médico, flaco y  de lentes gruesos se detuvo en el pasadizo y miró hacía la habitación. Llevaba una tablilla de esas que se usan para sujetar hojas y un estetoscopio colgando de su cuello. Una cajetilla de cigarros Marlboro traslucía en el bolsillo de su mandil. No era viejo, pero su rostro chupado y las canas asomando en su cabello le daban la apariencia de un hombre mayor.

-¿Sofía? –preguntó.

Ella pareció reconocerlo. Lo supe por su mirada nerviosa. El médico se acercó, sonriente. Ella se apartó de mi lado.

-Franco – dijo, sin convencimiento-. Qué sorpresa.

-Al contrario –dijo Franco, alisando su mandil-. Me sorprende verte por aquí.

Ella asintió con una sonrisita forzada. Se quedaron callados, cada quien con su sonrisita estúpida, mientras el ambiente se llenaba de una extraña tensión. Franco me miró, noté que Sofía decidió anticiparse.

-El es Adrián. Trabaja conmigo en el consultorio. Tuvo un problema. Pero como ves, ya se está recuperando.

A Franco pareció importarle poco. Siguió conversando con Sofía.

-O sea que no has dejado lo clínico –dijo–. De verdad me da gusto. Pensé que trabajarías seleccionando personal en alguna empresa por el resto de tu vida.

-Por algún tiempo lo hice. Pero no es lo mío.

Franco asintió con una sonrisa gastada.

-Si pues pagan más.

Volvieron a quedarse en silencio, con la sonrisita estúpida más asentada que la primera vez.

-¿Y qué es de tu esposo? –preguntó Franco. Sofía palideció. Noté sus ojos acuosos, sus mejillas que iban cambiando de color. Temí que su nerviosismo la traicionara.

-Disculpa, Franco –dije, fingiendo cansancio en la voz-. Me siento un poco mareado y…

-Deja que el suero haga su efecto –me dijo-. En unas horas estarás bien.

Puta madre, pensé.

Una enfermera, morena, pasó empujando el carrito de comida. Supe que nada de lo que había en ese carrito sería para mí.

-Cierto. Pero quería saber si tal vez podrías darme algo para las náuseas.

-El suero basta – me dijo, ya sin mirarme-. Sofía levantó la mirada al cielo.

-Bruno está bien –dijo ella, cerrando la posibilidad de entrar en detalles-. Está muy bien.

Franco abrió los ojos. Su rostro se desencajó un poco. Parecía esperar otra respuesta. Miré a Sofía. Había recuperado el aplomo y, cruzada de brazos, hablaba con naturalidad. Me abandoné sobre la cama y dejé que Sofía conversara con Franco. Así me enteré que Franco y Bruno habían estudiado juntos. Y que Sofía había conocido a Franco en una de las tantas reuniones de la facultad de medicina. Franco estaba destacado en emergencias de la Maison de Santé, en el turno de noche, que estaba por empezar.

-Hago un recorrido para revisar el historial de los pacientes y ver que cuidados hay que brindarles hasta el próximo relevo –dijo Franco, mientras caminaba hasta el pie de mi cama para coger mi historia y revisar el diagnóstico. Sofía resolló, resignada a tener que dar más explicaciones una vez que Franco se diera cuenta de mi problema. Por mi mente cruzó la idea de fingir una crisis, o de agarrarlo a golpes, pero me imaginé rodeado de enfermeras tratando de sujetarme, mientras una de ellas me inyectaba algún sedante que me dejaría en cama hasta el día siguiente. Ambos nos habíamos resignado a nuestra suerte, cuando la enfermera gorda y fea entró nuevamente, buscando a Franco. “Lo necesitamos en la sala dos, doctor”, dijo, “tenemos un herido grave”.

Franco quitó las manos de la tablilla donde estaba mi historia. Carraspeó y le dijo a la enfermera que iría de inmediato.

-Te veo bien –me dijo-. Regresaré lo antes posible para ver si te damos de alta.

Luego miró a Sofía.

-Me ha dado gusto verte. Mira tú la suerte de Bruno. Regreso para dejarte mi número.

Sofía asintió. Franco y la enfermera gorda salieron del cuarto. Sofía tomó su cartera mientras yo retiraba el esparadrapo y la aguja de mi brazo. Arreglé mi ropa. Antes de salir le dije a Sofía que esperara un minuto. Cogí la historia y la puse debajo de mi axila. Salimos caminando juntos. Una enfermera pareció darse cuenta de nuestra fuga, pero la duda la contuvo de decirnos algo y luego se unió al grupo de emergencia que corría de un lado a otro para atender al herido de gravedad. En la puerta de la Maison, tomamos un taxi.

-A tu casa –me dijo Sofía.

-A la tuya –le respondí. Ella sonrió. Me acerqué y le di un beso. Un beso largo, húmedo, mientras buscaba atraerla hacía mí. El taxista nos miró por el retrovisor pero no dijo nada. Sofía se recostó sobre mi hombro, mientras dejaba algunos besos sueltos en mi cuello. Luego nos quedamos en silencio.

Ella estaba esperando a que yo le dijera algo; que continuara con la charla inconclusa del café.

Pero, la verdad, prefería no acordarme de nada.

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