Para mi abuela Nina en su cumpleaños 97

Los médicos dijeron que moriste y yo rechacé esa mentira a contracorriente de mi pensamiento que argüía cierta necesidad inevitable. Tu fecha de muerte, con un intervalo de treinta y tres años perfectos, fue  la fecha de mi nacimiento.

La última vez que nos vimos era otoño y abril, un crudelísimo lamento. Por primera vez, entonces te dije que te amaba, eras dura y nunca hablabas de débiles sensiblerías, la ternura nadie me la supo enseñar de modos más directos.

Siempre te recordaré como fuiste en esa tarde: vivaz, ingeniosa, feliz- habíamos pasado la tarde con Domenica y nos divertimos y conversamos mucho.

El caso es que viajé y me aparté una vez más de la familia y acaso no debí hacerlo intuyendo lo que se venía pero me reclamaba Lima y su horizonte ilimitado de ambiciones.

Era un dos de mayo y peleaban  en Las Vegas, Manny Pacquiao y Floyd Mayweather. Yo, de paso, cumplía la supuesta edad de Cristo en el momento de su gloria y en términos más prácticos no había hecho “nada” de acuerdo a las exigencias que rigen esta malsana sociedad de apariencias.

Había, sí, terminado algunos libros y estaba a punto de publicar uno de ellos, que creí era divino, había hallado el amor y tenía la oportunidad de ser feliz pero atravesaba y padecía los más duros y absurdos problemas. Uno de ellos, mi obsesión, era dedicarte el libro antes de que vieses tu propio fin, él que ya sabía inminente por cierto presagio oscuro que yo di en llamar  miedo simplemente y que en verdad era la sombra fría de la muerte que te encerraba en su camino.

 

Me llamaron al mediodía. Tristes me dijeron que viaje pero yo no quise viajar. Madre estaba en cama varios días y querían conectar su frágil cuerpo a un tubo respiratorio.

Esa tarde te hable por teléfono y me escuchaste. Eran los tiempos más duros para mí  y no quise dejar mis palabras tendidas una vez más en el ocaso. Me abrí el pecho y te deje ver mi corazón. Te dije: “te amo, madre y quisiera verte cuando sea viejo pero si tú quieres y solo si tú quieres, soporta todo lo que puedas pero si ya no quieres, nadie va a reclamarte nada”. Nos diste, todo, todo lo que bien pudiste y mucho más.

Se destruirían todos los continentes antes de terminar de enumerar siquiera la mitad de todo lo bueno que hiciste por nosotros mas requiero precisar de qué formas nutriste mi imaginación y mi literatura para el desconcierto – y espero, posterior beneplácito- de los ignaros que no sospecharon tu creatividad grandiosa ni las mil narraciones que sabías: relatos sobrenaturales de connotaciones místicas y metafísicas, anécdotas criollas e ingeniosas,  denodadas jornadas de lucha espiritual y de una gran fe en Dios y oscuros pasajes de brujería y de demonios que celan al que solo se adentra caminando en el reino de la noche, fragmentos hirientes del apocalipsis y la lluvia de fuego que escuchó divulgar a los raros evangelistas que llegaron a Cartavio en los años treinta, recuerdos de acequias abiertas en las calles del pueblo cuando cayó sobre ellos un diluvio acaso un fenómeno El Niño fijo para siempre en la memoria de una niña que vio a todos sus hermanitos muertos antes de que cumpliesen el primer año, fuegos cruzados en la noche y balas silbantes adentro de los adobes durante la Revolución Aprista , fuegos dorados y rojizos en la zafra y el oro de fuego verde del crepúsculo en los cañaverales, madrugadas en el Cerro San Cristóbal solitaria cuidando a dos pequeños y aliviando su furia y su tristeza y escuchando el fragor de las entrañas del famoso volcán de agua y la caravana de carros, tanques y fantasmas que pasaban a la vera de su ventana en la casita de Villa Fátima, calaveras llamadas Juanitas y su comadre Lucía Margarita muerta luego de ser malamente pretendida por un demonio o duende, el cual le dijo que de la siguiente luna no pasaría , casas abandonadas cubiertas por rostros de payasos, pajaritos o pollitos o patitos dorados perdiéndose al adentrarse en los sembríos de caña de azúcar , encantos y tesoros , coritos evangélicos y los ríos de agua viva, etc.

 

Tenías la intuición de los sabios antiguos y así descifraste un mundo más allá del alfabeto donde luchaste valientemente como un ser humano magnífico porque eras, eres y serás.

 

Me diste la impresión y el buen ejemplo de no dejarte aplacar por nada ni por nadie y si una imagen de abnegación tengo en la cabeza son tus pies descalzos en el húmedo asfalto del invierno cuando me herí la frente siendo niño.

 

Pasaste muchos años sola y fueron ásperos y duros pero nunca te rendiste. Tu inflexibilidad acaso hizo sufrir a tus pequeños, tu carácter de piedra a otro más crecido, pero nadie negará que si tú los quisiste alumbraste en todo momento hierros candentes y luces simples, contundentes, elementales en los rincones más necesitados de sus almas.

 

No puedo describir la precisión con que leías en mí, mi extravío y, también, el advenimiento de la paz.

 

Falleciste y no pudiste ver el libro que quise dedicarte-libro o proyecto que ahora rebasa las seiscientas páginas- pero si conociste gran parte de su contenido. Es importante que lo escriba, en mi poema “Visiones en el Mar de Huanchaco”, existen algunas figuras que literalmente copie de tus historias. Que juzgue la vida si acaso son las más elevadas de ese texto.

 

No me quebré sino estando solo, como debe ser y como debe hacerse siempre.

 

Me avisaron de tu muerte en uno de los últimos asaltos de Pacquiao-Mayweather.

 

Estaba en el límite de Breña y el centro de Lima con mi amigo José Pacheco. Salí a atender la llamada y solo el neón acentuaba lo baldío de estos confines.

Terminé de asimilar tu último silencio y regresé, terminé mi cerveza y vi la pelea hasta el final.

No dormí durante los siguientes cuatro días y vi un modo perfecto para honrarte siempre. Te moriste en mi cumpleaños y yo que nunca celebré tal delicadeza celebró ahora tu vida y no tu muerte – para mí, eso que llaman tu deceso es  inexistente-  celebró tu alegría y tu fuerza y no tu pena y abrazo a todos los que  te amamos uno por uno y, también, estando todos juntos y olvido y perdono mezquindades y abandonos.

 

Juzgaste con dureza todo y fuiste indoblegable en tu ética. De ti aprendí a llamar ladrón al ladrón y a no ser un hipócrita ni un falso.

Acaso debiste practicar más el perdón pero creo que al final perdonaste todo lo que debiste perdonar y eso da satisfacción a mi alma por la tuya.

 

Ha pasado ya el segundo aniversario de tu muerte y es hoy tu cumpleaños número noventaisiete y debo declarar que al ser mi madre-abuela-amiga me legaste una fortuna y en el último de tus gestos te hermanaste conmigo en la fecha de tu muerte que es la fecha de mi cumpleaños.

 

Tu memoria crece día a día en el corazón de todos los que te amamos, en tus sueños y, también, en la fragancia y en el viento cuando este acaricia a  los claveles.

 

El dolor es más grande cuando es negado  y la ingratitud, también. Valga este espacio para agradecer a Isabel y a Roberto por todo y por todos los que no estuvimos junto a los tres en todo lo que debimos. Mi gratitud y mi permanente homenaje y abrazo a cada uno de ellos y a ti madre-abuela-amiga Nina adentro mío en la parcela más luminosa de mi cielo.

 

P.S.

“The sorrow grows bigger when the sorrow’s denied”

 

https://www.youtube.com/watch?v=NQV533KCBqM

 

I know that I was born and I know that I’ll die. The in between is mine. I am mine

I am mine, Pearl Jam.

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PERCY VILCHEZ SALVATIERRA. Editor de Lima Gris. Abogado. Escritor. Analista Político. Cel (999947277).

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